Una historia real no feliz con final no escrito

El PIB crece aproximadamente al 3%, por primera vez en mucho tiempo volvemos a cumplir el objetivo de déficit, las cifras de empleo llevan meses aumentando, la confianza de los consumidores mejora, la inflación empieza a repuntar, los Bancos Centrales están empezando a subir los tipos. Esto es una realidad, una realidad que yo como economista he estudiado muy bien. Pero ahora más que nunca, tras mi experiencia parece ser una realidad cada vez más alejada de la auténtica. Es decir, del día a día.

Os imagináis un país donde el esfuerzo sea recompensado, un país donde se creen oportunidades sin renunciar a un salario digno, donde la conciliación personal y laboral exista, donde se te permita ampliar tu conocimiento día a día, donde mayores y jóvenes se unan por un futuro y un país mejor. Pues este país no es España, esa patria que tanto nos gusta nombrar.

Empecemos esta historia por la infancia, tenía yo aproximadamente 11 años, era un chaval pequeño y tímido, con poca capacidad para socializar (al contrario que ahora) y que le encantaba pasarse las horas viendo los debates del Congreso de los Diputados. Un buen día se acercó mi padre y me dijo “hijo, si algún día quieres ser como ellos tendrás que estudiar mucho y muy duro, yo no quiero que vivas todo lo que he vivido yo”. Siguieron pasando los años y llegué a la Educación Secundaria Obligatoria, la aprobé sin problema, y pasé a realizar el bachillerato, di lo máximo de mí mismo sacando una media de casi diez, siendo el mejor de la promoción y obteniendo un nueve en todos los exámenes de la antigua selectividad.

Tenía la media suficiente para elegir la carrera que yo quería y me decidí por el Grado en Economía. En plena crisis económica sabía que era necesario conocer cómo funcionaba la economía para que los dramas que vi y viví no volvieran a suceder. Me encantó la carrera, disfruté y aprendí todo lo que pude. Obtuve la carrera con una media de notable y cuatro matrículas de honor.

Pero mi vida no se centró solo en los estudios, por las tardes-noches iba a trabajar a un bar, las becas eran muy escasas. Necesitaba dinero para poder mantenerme fuera del hogar. En el último año de carrera también realicé unas prácticas profesionales en un banco, mi función era sustituir el trabajo de un cajero bancario de forma totalmente gratuita.

Tras realizar la carrera, decidí especializarme con un máster. Pero esto no era camino fácil, el máster valía aproximadamente 12000 euros y me obligaba a irme a vivir a una gran ciudad, con el coste que ello supone. Mi padre cogió casi todos los ahorros que tenía y los invirtió en mí, en su hijo. Yo trabajé muy duro casi todo el verano unas 10 horas diarias aproximadamente de camarero para poder ayudar lo que durara el máster.

Llegué al máster, la formación excelente, conseguí unas prácticas en una empresa donde me daban una pequeña ayuda económica que la destinaba a pagar el alquiler. Pensé en ese momento que tras estar cuatro meses en el banco anteriormente más la experiencia que añadiría ahora de becario, durante seis meses, sería suficiente para conseguir el tan ansiado contrato laboral.

Por fin acabé mi formación, me encuentro con 23 años, graduado en Economía, con un máster, experiencia laboral y cobrando 400€. Sí, habéis leído bien, 400€, ese es el salario que me están pagando ahora mismo por realizar mi trabajo con un nuevo contrato de becario. Vivo a 30 minuto del trabajo, tengo 2 horas entre la jornada de mañana y tarde que no me da tiempo a ir a casa por lo que me tengo que quedar en la oficina, más ocho horas diarias de trabajo de mesa. Es decir, empleo 11 horas diarias de mi vida en producir algo por lo que recibo 400€.

A este salario le tengo que añadir que yo, al vivir fuera de mi casa, tengo que pagar el alquiler de una habitación. Una habitación miniatura sin ventana por un precio de 330€, le añado la tarjeta mensual de transporte (20€), más lo que me vale la lavandería de los trajes que uso diariamente para trabajar (20€), por lo que me quedan libres para comida unos 30€.

Cuando pregunto las razones de esto, suele haber dos argumentos: 1) “te estamos dando una oportunidad”, un argumento cierto la verdad, pero hay que decir que una oportunidad a un precio muy alto, el precio que estoy pagando es perder mi derecho a un trabajo digno y vivir en la práctica miseria (con respeto y evitando las comparaciones de la cantidad de personas que no han tenido ni la oportunidad de estudiar como yo); 2) “como no tienes experiencia y no sabes nada es lo que tienes que aceptar ahora porque es lo que te mereces”, este argumento es algo que me cabrea bastante porque, la gran cantidad de esfuerzo personal como económico por parte de mi familia, tantas noches en vela, tanto luchar por tener un futuro digno, no se merecen tal menosprecio. Ese argumento que directamente me dicen que “no sé nada” es falso; haber estudiado una carrera y, además especializarme con el máster, me permite aprender las tareas diarias de un trabajo cualificado muy rápidamente, me permite tener la capacidad para mejorar situaciones que sin una preparación adecuada no podría, me permite responder con argumentos sólidos cuando es necesario, me permite ser capaz de dar soluciones que sin una preparación detrás no podría resolver.

Y esta es mi historia, la historia de una vida real. A pesar de todo lo anterior cada día voy a trabajar a dar lo máximo de mí mismo porque no soporto un trabajo mal hecho. Me consuelo pensado que toda esta experiencia que estoy viviendo me sirva algún día para realizar reformas que considero que este país necesita para que miles de jóvenes no vuelvan a vivir lo que estoy viviendo yo.

Quiero recordar que el otro día los sindicatos y la patronal alcanzaron un acuerdo para una subida salarial del 3%. En mi sueldo, pasaría de cobrar 400€ a 412€, algo ridículo. Pero algo que no se va a producir ya que la modalidad de convenio con la que estoy no se rige por las normas laborales. Tampoco tengo derecho a días de vacaciones, ni a la prestación por desempleo. Podemos estar muy feliz con la subida del 3%, y yo lo estoy. Pero, por favor, quiero pedir y pido que no caigamos en el conformismo. Es necesario regular los contratos de becarios para que lo jóvenes puedan crecer profesionalmente, pero viviendo en unas condiciones dignas, ¿cuántos jóvenes habrán perdido la oportunidad de ser grandes profesionales por no hacer frente a los gastos que supone estar de becario?, ¿cuánto talento hemos desperdiciado?, ¿cuánto talento estamos dispuesto a seguir perdiendo?

El nuevo Gobierno ha supuesto un cambio de rumbo y de esperanza. Es necesario que este Gobierno recupere todos los derechos que hemos perdido, y que los recupere rápido, porque el futuro no puede esperar. Este país se merece volver a ser una tierra de oportunidades.

Atentamente,

Un militante socialista

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Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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