“Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir”

Es la izquierda una posición político-ideológica mucho más incómoda que la derecha. La primera genera todo tipo de molestias articulares, parestesias, desgarros musculares o, incluso, puede llevarte a la amputación de uno de tus miembros (quizás por anquilosamiento o inacción), abandonado éste a la mera potencialidad teórica: el brazo que puede ejecutar un movimiento ascendente para golpear, pero nunca termina de llevarlo a cabo. O, como ejemplifica Ferlosio en alguno de sus pecios: “Cuando la flecha está en el arco, tiene que partir” (el problema de la izquierda es que no termina de soltar la mano, dejar partir a la flecha, pues teme errar el tiro, no hacer diana).

Ser de izquierdas duele. Y ese dolor, en ocasiones, si llega a ser insoportable, puede llevarte a la autolesión. Los que nos situamos en el amplio y heterogéneo espectro de la izquierda, lo hemos podido comprobar no sólo en este tiempo presente sino en los libros de historia: ¿cuántas veces los partidos y movimientos de izquierdas se han enzarzado en luchas intestinas y dinámicas perversas de autodestrucción, dejando el camino libre al avance de las derechas? Eso está pasando hoy, como bien sabemos.

Posicionarse en la derecha es mucho más cómodo, más confortable; diríamos, incluso, que es casi de sentido común: si nuestras acciones se rigieran, exclusivamente, por el cerebro reptiliano (el que gestiona los instintos, también el de supervivencia) es seguro que asumiríamos los postulados conservadores de manera natural. Porque el adjetivo conservador procede del verbo “conservar” y no hay instinto más poderoso que el de la conservación de la propia especie, empezando por uno mismo: que todo se conserve, que nada cambie. “En política [es conservador quien se muestra] especialmente favorable a mantener el orden social y los valores tradicionales frente a las innovaciones y los cambios radicales” (RAE). Todo cambio implica riesgos, toda innovación genera incertidumbres en sus resultados. Pero “quien no arriesga, no gana”, quizás por eso ser de izquierdas es arriesgar (también sufrir).

Si estos tiempos convulsos que vivimos/sufrimos nos pueden enseñar algo, es que el avance de las derechas –en tantos casos en su versión más dura– se ha producido por la inacción de la izquierda, por esa tara que parece irresoluble y cíclica –como las crisis económicas–, que es asumida como un defecto genómico incrustado en el ADN de cualquier idea de progreso. Ese brazo que sabiéndose con capacidad de movimiento, de impacto, opta por el inmovilismo, por el confort de lo puramente teórico, dejando que la praxis vaya quedando en una especie de visión utópica, que lo potencial no llegue a ser acto: que la flecha nunca abandone el arco. Porque esa posibilidad necesaria implicaría asumir riesgos y, en la política actual, esos riesgos te pueden llevar a un espacio de incertidumbre, a la pérdida de votos, a salirte de un statu quo que está tan asentado que parece irresponsable dinamitar algunos de sus postulados, reventar alguno de esos pilares que lo sostienen (esa es la gran obra del neoliberalismo: habernos convencido, a todos, que ciertas cosas no pueden cambiarse, que han sido, son y seguirán siendo intocables para la supervivencia de las democracias occidentales).

 

Extrema derecha: el brazo fuerte del neoliberalismo

Aunque no sea un análisis muy técnico –incluso pueda pecar de conspiranoico– pareciera que una década de crisis económica era el mal/ bien necesario para que el brazo armado del neoliberalismo –la extrema derecha en sus distintas versiones, también la populista– venga, ahora, a hacer el trabajo sucio: proclamar los postulados más conservadores, las medidas más extremas, los posicionamientos más crudos. El neoliberalismo siempre ha manejado bien la corrección política y los paños calientes –es así como ha conseguido que sus tesis hayan calado de manera transversal–, pero ha llegado el momento de que su perro guardián, su brazo ejecutor, destroce, definitivamente, los principios de la izquierda que aún subsisten en las sociedades modernas, aunque sea de forma residual, pero firme.

Vienen los expertos en demolición, y llegan sin disfraces. Si la izquierda quiere defender lo que nos queda, debe confrontar, aparcar el “sentido de Estado” (que nunca tuvo la derecha), el espíritu conciliador, los mensajes melifluos y los gestos dulzones y buenistas (ya vendrán tiempos mejores); ahora toca actuar de manera conjunta, en bloque, y con liderazgos fuertes y diversos. Y sobre todo: soltar la flecha.

Marcos Ruiz Cercas | Dpto. de Comunicación de FeSMC-UGT

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Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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