
El 8 de Marzo de 2025, las Mujeres Republicanas salimos a la calle para exigir el alto a la guerra y al genocidio. Un año después, lamentablemente esta exigencia es aún más apremiante.
En todo el mundo estamos viviendo bajo la amenaza de terribles retrocesos en los derechos y condiciones de vida de los trabajadores a todos los niveles. Y no es solo una amenaza, es una realidad que se concreta en el corazón mismo del imperialismo, los Estados Unidos, con una crudeza inimaginable. Y en todos los países cuyos gobiernos de pliegan, de manera más o menos directa, a las órdenes de Trump, porque el aumento del gasto militar exigido por este –y concedido por aquellos– implica recortes que atentan contra la vida de las poblaciones. Y, como siempre, las mujeres sufrimos esos recortes con especial virulencia.
La lucha organizada de las mujeres trabajadoras contra la guerra comenzó antes incluso del estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1907 Clara Zetkin organizó en Stuttgart la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, de las que pasó a ser secretaria. Allí se defendió que las mujeres trabajadoras debían organizarse no solo por sus derechos civiles, sino también contra el militarismo creciente en Europa.
Más tarde, ya en plena Guerra Mundial y en medio de enormes dificultades, en marzo de 1915, Clara Zetkin, por entonces secretaria de la Internacional Socialista de Mujeres, junto a las revolucionarias rusas organizó en Berna la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra, que contó con 29 delegadas de los países beligerantes.
La Conferencia adoptó una resolución conocida popularmente como «Guerra a la guerra» (ver recuadro adjunto).
Resolución de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra (1915)
«La actual guerra mundial hunde sus raíces en el imperialismo capitalista. Fue provocada, finalmente, por las exigencias de los explotadores y clases gobernantes de los diferentes países que, en una lucha competitiva entre sí, se esfuerzan en extender su explotación y dominación más allá de las fronteras de sus propios Estados.
[…] La historia establecerá la tremenda responsabilidad del estallido de la guerra que recae sobre los Gobiernos y la diplomacia de varias grandes potencias. Durante ocho meses, la guerra mundial ha destruido cantidades inconmensurables e inestimables de valores culturales, y ha causado innumerables sacrificios de vidas humanas. Ha pisoteado y deshonrado los más altos logros de la civilización, los más sublimes ideales de la humanidad.
[…] A partir de estas consideraciones, la Conferencia Extraordinaria de Mujeres Socialistas declara la guerra a esta guerra. Exige el cese inmediato de esta monstruosa lucha entre los pueblos. Exige una paz sin anexiones ni conquistas, una paz que reconozca el derecho a la autodeterminación y a la independencia de los pueblos y nacionalidades (incluidos los pequeños) y que no imponga condiciones humillantes e intolerables a ninguno de los estados beligerantes».
Hoy, la lucha en defensa de la democracia, de la más elemental de las democracias, pasa por la defensa incondicional del pueblo palestino, porque su lucha, desigual pero inagotable, concentra la lucha de todos los pueblos del mundo.
Esta realidad nos remite al ejemplo de Rosa Luxemburgo, asesinada por mantenerse firme en sus convicciones: se opuso a los créditos de guerra y advirtió que la guerra es una cruel escuela para nuestra clase. Su consigna «socialismo o barbarie» advertía que, sin transformación social, la humanidad quedaría atrapada en ciclos de destrucción.
Y esa certera advertencia de Luxemburg se concreta hoy en 56 guerras abiertas (según cifras oficiales que parecen quedarse muy por debajo de la realidad), un atroz genocidio y una escalada bélica que se traduce en el aumento imparable del gasto militar, y el consiguiente descenso –desaparición en muchos casos– del gasto social.
De esta barbarie anunciada las mujeres somos las primeras víctimas en muchos sentidos.
Sin duda, los pueblos sostienen la vida en medio del dolor (televisado o transmitido) pero hay informes que no siempre cuentan: la guerra es también violencia contra las mujeres, violencia contra los cuerpos, violencia contra la vida misma.
Y aquí en casa, en Europa, se desarrolla una guerra salvaje, que ha causado ya un millón de muertos, entre jóvenes rusos y ucranianos, por causas del todo ajenas a esos jóvenes. Una pugna entre oligarquías en la que nada tienen esos jóvenes que ganar y todo que perder. Ya sabéis: «vuestras guerras, nuestros muertos».
Un llamamiento firmado conjuntamente por militantes rusos y ucranianos dice: «Es infinitamente ingenuo creer que la guerra conduce a la paz. Ni Putin, ni Trump, ni Zelenski, ni los dirigentes europeos han sido capaces de aportar lo esencial a los pueblos: la paz. Los cálculos basados en una victoria militar se han venido abajo, así como los intentos de «toma y daca» entre dirigentes a costa de los pueblos. […] Conocemos el precio de la guerra: nos ha privado de nuestra voz y del derecho a decidir nuestro destino. La única posibilidad de poner fin a esta pesadilla es devolver a nuestros pueblos ese derecho, el derecho a la autodeterminación».
Gobiernos, instituciones, incluso ciertas organizaciones del movimiento obrero, toman partido en esta carnicería capitalista e insisten en que todos debemos tomarlo. Nosotras no tomamos partido por los oligarcas que se juegan sus intereses sobre montañas de inocentes muertos y heridos.
¿Tendrá algo que ver la economía de armamento en esta escalada bélica? Ese negocio redondo que se retroalimenta: fabrican armas, las venden, las utilizan dejando una estela de muerte y destrucción humana y planetaria, y fabrican más remesas. Porque parece mentira que haya que señalar aún que esa falacia del rearme preventivo es eso: una falacia vergonzosa. Las armas no se fabrican para guardarlas por si acaso, se fabrican para utilizarlas. Si no, no hay negocio.
Pero los pueblos de todo el mundo se levantan contra la guerra y el genocidio que la entidad sionista perpetra en Palestina. El abismo entre Gobiernos e instituciones por un lado y trabajadores y pueblos por otro, se ahonda cada día.
La voluntad de los pueblos de defender sus derechos y conquistas, naturalmente en peligro con el aumento de los presupuestos militares, y defender en última instancia su propia vida es clara y evidente. Por ello estamos necesitados de organizarnos a nivel no solo nacional, sino sobre todo internacional. Ese es el papel que jugaron la conferencia y el mitin contra la guerra de los días 4 y 5 de octubre pasado en París, que tienen su continuidad en la conferencia/mitin de Londres que se celebrará los días 19 y 20 de junio.
Porque el tiempo de caracterizar ha pasado sobradamente. Ahora tenemos que organizarnos. El espectáculo de dolor y muerte no necesita ninguna explicación, solo exige determinación y organización para acabar con él, para liberar al pueblo mártir de Palestina, para sacar de las trincheras a los jóvenes rusos y ucranianos cazados a lazo por las calles para convertirlos en carne de cañón. Si alguien necesita aún explicaciones, ese alguien no es de los nuestros y no vamos a perder el tiempo en dárselas. Porque no hay tiempo.
El día 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, porque así lo decidió en marzo de 1911 la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, para honrar a las mujeres que lucharon y luchan por la emancipación de los trabajadores y, por tanto, por su propia liberación de la doble opresión que sufren.
En 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas decidió hurtar el carácter obrero de esa fecha, eliminando la palabra «trabajadora», en aras de una supuesta transversalidad en los problemas que afectan al conjunto de las mujeres. Lamentablemente, las direcciones de las organizaciones sindicales y políticas en todo el mundo han aceptado ese disparate, que sitúa en un mismo plano a burguesas y proletarias. Y no, no estamos en un mismo plano. De hecho estamos en planos opuestos en la batalla por la emancipación y por la igualdad.
En nuestro país hay un claro escollo en esa batalla: la Monarquía y las instituciones heredadas del dictador.
Baste repasar la actuación de la judicatura en todas aquellas cuestiones que afectan al derecho de las mujeres a la vida y a la protección. Burlas, humillaciones, cuando no directamente culpabilización de las víctimas.
La lucha por la República ha de formar parte de este 8 de marzo. Pero no solo por la flagrante negación de democracia que supone el sistema monárquico, aunque también por eso. La lucha por la República tiene un contenido muy concreto. Es la lucha por parar los gastos militares y dedicarlos a las necesidades sociales.
En este régimen no cabe la emancipación de la mujer trabajadora, como no cabe el conjunto de reivindicaciones del movimiento obrero.
Los derechos duramente conquistados por la más que centenaria movilización de las mujeres nunca han estado asegurados. El capital y los Gobiernos e instituciones a su servicio no cejan en su empeño por recortarlos, arrebatarlos incluso. Miramos con horror lo que está sucediendo en Estados Unidos, donde peligra hasta lo más elemental. Pero no hay que mirar más allá de Europa para ver esa misma dinámica. El dinero que se gasta en más y más armas no sale de las piedras, sale de nuestros bolsillos, de lo que aportamos para mejorar nuestras condiciones de vida, no para promocionar la muerte.
Por eso, de nuevo este 8 de marzo, las mujeres trabajadoras estaremos en la calle por nuestras reivindicaciones y, para realizarlas, no hay otro camino que la lucha contra la guerra y contra la guerra social. En nuestro país, esa lucha pasa por la República. A escala internacional, la conferencia/mitin de Londres contra la guerra es el siguiente hito en esta batalla por aunar las fuerzas de organizaciones, militantes, demócratas que entienden que en esta batalla nos va la vida.
Isabel Cerdá
Miembro del colectivo Mujeres Republicanas

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