¿Por qué soy abolicionista?

Desde que supe lo que era la prostitución me ha parecido una forma de abuso contra las mujeres. La sexualidad conforma parte de la vivencia personal de cada ser humano así que las relaciones sexuales no son por tanto una actividad como otra cualquiera, implica no solo el cuerpo, sino que implica también a la psique, por eso el abuso sexual se separa en la consideración social y penal de otro tipo de abuso o violencia. No es lo mismo que un superior te toque el hombro que otra zona considerada erógena o sexual.

Recuerdo que con unos 17 años con mi madre sobre el tema y le dijo me parecía horrible que hubiera mujeres que tuvieran que realizar actos sexuales sin deseo y sin poder decidir las prácticas realizadas (ya que quien paga elige el producto o servicio). Su respuesta fue: “Sin prostitución habría mas violaciones”. Le contesté que yo no quería que ninguna fuera violada, ni yo ni otra mujer como yo. De esa conversación saqué tres conclusiones:

1-Los puteros pagan por violar, no por cariño o contacto humano como muchas veces había oído y se veía en Pretty Woman.

2-Hay mujeres que son sacrificables para que las demás no tengamos que ser violentadas. A parte de que no es cierto que las “decentes” no seamos agredidas, me niego a admitir la distinción patriarcal entre castas y putas. Prostituibles somos todas solo con que haya demanda y necesitemos dinero y no tengamos opciones.

3-La sociedad, incluidas las mujeres, ha normalizado que haya que entregar carne fresca al dragón en lugar de buscar acabar con él. Es más fácil cuando se comen a otra y no tienes que enfrentarte a lo que está pasando otra humana.

Por aquel entonces, de la lucha contra la prostitución solo sabía por las series yankees donde las prostitutas eran perseguidas y multadas por ejercer para sobrevivir mientras que los llamados clientes se iban a su casa tan tranquilos. Además, en la tv salían mujeres, algunas bellas y glamourosas, otras ajadas por la vida dura que les tocó, que pedían derechos. Esas mujeres pedían que se regulara su situación como el resto de trabajadores, se empezó a hablar de trabajo sexual. Y ¿quién era yo para negar derechos a esas mujeres, aunque no me terminaran de convencer sus argumentos? El resto de adultos de mi entorno estaban sólo preocupados porque esas mujeres no pagaban impuestos y se lo “llevaban calentito”.  También se puso de moda Pretty Woman, y veías como unas malvadas empleadas de tiendas pijas humillan a la heroína por ser puta. Así que pensé que la regularización les evitaría males mayores y el estigma que arrastran.

Sólo conocía dos posturas, hasta que me acerqué al activismo feminista y conocí el abolicionismo. El abolicionismo considera que la prostitución es una de las violencias más antiguas que padecen las mujeres (aunque también haya hombres los demandantes son otros hombres) y forma parte de un sistema de desigualdad donde las mujeres son sólo cuerpos consumibles. El putero no ve un ser humano con otra corporalidad, sino unas tetas, una vagina, un ano o una boca puestos ahí para su placer a cambio de comprar el consentimiento con dinero. Como dice la profesora de la Universidad Rey Juan Carlos Ana de Miguel, filósofa y destacada feminista experta en prostitución y pornografía, la prostitución es una escuela de desigualdad humana. El abolicionismo no criminaliza a las personas prostituídas sino que les ofrece alternativas laborales, formación y apoyo psicológico si deciden abandonar ese mundo. A quienes se criminaliza es a los beneficiarios de la explotación de seres humanos, clientes y proxenetas.

Muchas de las feministas abolicionistas que conocí han vivido la prostitución en primera persona y otras han investigado el negocio que hay detrás. Una de las supervivientes que tuve el gusto de conocer en mis primeros tiempos de activista fue Amelia Tiganus. Ella nació en un pueblo de Rumanía, era una niña normal, estudiante con sueños, hasta que sufrió una violación múltiple con 13 años. La vergüenza y el deseo de que no hubiera pasado le llevó a no decir nada, se cayó e intentó seguir su vida. Pero los mismos que la habían violado la chantajeaban y le pusieron el San Benito de puta. Se convirtió en la puta del pueblo. Dejó la escuela y se “acostumbró” a ser usada. Cuando tenía 17 años le ofrecieron la oportunidad de viajar a España a ejercer la prostitución y en un par de años haber pagado la deuda de su traslado y ser libre en otro país. Un proxeneta pagó por ella 400 euros. No la engañaron ni la ataron en una furgoneta. Ella no se consideraba víctima de trata, total ya que era la puta podía vivir de ello. Así es como ella cuenta que se fabrica una puta. Se estigmatiza a una niña mediante el abuso y se le hace pensar que no sirve para otra cosa y que si es lista cobrará esos abusos en otros hombres. Lo que ella vivió no tiene nada que ver con los mitos en torno a la prostitución. En un país extraño, sola y debiendo un dinero que no tenía, describe el prostíbulo como un campo de concentración. Hoy día dedica su vida a dar conferencias para crear conciencia sobre esta forma de esclavitud. Y aunque como ella el resto de mujeres que empezaron a ejercer de esta forma no se consideran víctimas de trata, el Protocolo de Palermo establece que:

La “trata de personas” puede significar el reclutamiento, transporte, traslado, acogida o recepción de personas, bajo amenaza o por el uso de la fuerza u otra forma de coerción, secuestro, fraude, engaño, abuso de poder o una posición de vulnerabilidad, o recibir pago o beneficios para conseguir que una persona tenga bajo su control a otra persona, para el propósito de explotación. La explotación puede incluir, como mínimo, la explotación de la prostitución de otros u otra forma de explotación sexual, trabajo forzado o servicios, esclavitud, o prácticas similares a la esclavitud, servidumbre, o remoción de órganos… El consentimiento de las víctimas de la trata de personas hacia sus explotadores establecido es irrelevante cuando cualquiera de las formas mencionados ha sido usada.

Como ella, la mayor parte de las prostitutas se encuentran atrapadas por deudas inventadas, debiendo entregar su cuerpo a cientos de hombres, pagando multas por todo que aumentan la supuesta deuda y enganchadas a drogas o alcohol para poder sobrellevar las diversas penetraciones diarias. El porcentaje de supervivientes que sufren estrés postraumatico es superior al que padecen veteranos de guerra.

Creo que estas son razones más que suficientes para ser abolicionista. Si dudamos siempre podemos comparar la situación de las mujeres prostituidas en un país con una legislación regulacionista como Alemania con el modelo establecido por países como Suecia.

Ainhoa Alonso 

Militante Socialista 

Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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