8 Marzo: la igualdad como horizonte y como tarea colectiva


Por María Iglesias Domínguez. Redacción Tribuna Socialista

Manifestacion 8M, Madrid 2026. (Foto de Agustín Millán)

Especial 8 de marzo 2026

Cada 8 de marzo, el Día Internacional de las Mujeres nos recuerda una verdad fundamental: la igualdad no es solo una aspiración moral, sino una exigencia democrática. La historia de los derechos de las mujeres es también la historia de la ampliación de la democracia. Allí donde las mujeres han conquistado derechos, la sociedad en su conjunto ha avanzado hacia mayores cotas de libertad, justicia social y dignidad.

El feminismo, entendido como la lucha por la igualdad real entre mujeres y hombres, forma parte inseparable de los valores del socialismo democrático. No se trata únicamente de reivindicar derechos formales, sino de transformar las condiciones materiales que perpetúan la desigualdad. La igualdad efectiva exige intervenir en la realidad cotidiana de las personas: en el trabajo, en la educación, en la política, en la cultura y en la vida familiar.

Durante décadas, las mujeres han protagonizado una profunda transformación social. Han conquistado derechos laborales, acceso a la educación, representación política y autonomía personal. Sin embargo, esa conquista no ha sido sencilla ni lineal. Cada avance ha sido fruto de la organización colectiva, del compromiso político y de la convicción de que la igualdad no se concede: se conquista.

Hoy, en pleno siglo XXI, los logros alcanzados conviven con desafíos persistentes. La brecha salarial, la precariedad laboral, la desigual distribución de los cuidados o la violencia machista siguen siendo realidades que afectan a millones de mujeres. Estas desigualdades no son simples accidentes sociales, sino el resultado de estructuras históricas que todavía condicionan las oportunidades y la vida de las mujeres.

Por eso el 8 de marzo no es solo una jornada de celebración. Es también un día de memoria, de reflexión y de reivindicación. Memoria de todas las mujeres que lucharon antes que nosotras para abrir caminos cuando parecía imposible hacerlo. Reflexión sobre los retos que aún quedan por afrontar. Y reivindicación de un futuro en el que la igualdad sea una realidad tangible y no solo un principio proclamado.

Uno de los ámbitos donde la igualdad sigue siendo una tarea pendiente es el mundo del trabajo. Las mujeres han aumentado su participación en el mercado laboral de forma extraordinaria en las últimas décadas, pero todavía encuentran obstáculos que limitan su desarrollo profesional. La parcialidad involuntaria, la menor presencia en puestos de responsabilidad o las dificultades para conciliar vida laboral y familiar son ejemplos claros de esas barreras.

La igualdad laboral no es solo una cuestión de justicia para las mujeres. Es también una condición necesaria para una economía más justa y más eficiente. Las sociedades que aprovechan plenamente el talento de las mujeres son sociedades más prósperas, más innovadoras y más democráticas.

Pero la igualdad no se limita al ámbito económico. También implica transformar las relaciones sociales y culturales que han perpetuado la desigualdad durante siglos. Significa cuestionar estereotipos, redistribuir los cuidados y construir modelos de convivencia basados en el respeto, la corresponsabilidad y la libertad.

El feminismo socialista ha defendido históricamente que la emancipación de las mujeres está vinculada a la construcción de una sociedad más igualitaria para todos. No hay justicia social sin igualdad de género, del mismo modo que no puede existir una democracia plena si la mitad de la población sigue enfrentándose a obstáculos estructurales para desarrollar su proyecto de vida.

En este sentido, el 8 de marzo también es un momento para reafirmar los valores que han guiado la lucha feminista durante generaciones: la solidaridad, la sororidad, la justicia social y la defensa de los derechos humanos. Las mujeres no reclaman privilegios; reclaman igualdad. Reclaman poder vivir libres de violencia, acceder a empleos dignos, participar plenamente en la vida pública y construir su futuro sin barreras ni discriminaciones.

Las aspiraciones de las mujeres son, en realidad, aspiraciones profundamente democráticas. Son el deseo de vivir en una sociedad donde el origen, el género o la condición social no determinen las oportunidades de cada persona. Son la voluntad de construir un mundo donde la igualdad no sea una promesa aplazada, sino una experiencia cotidiana.

El 8 de marzo nos recuerda que ese horizonte todavía exige compromiso y acción. La igualdad se construye día a día, en las políticas públicas, en el trabajo colectivo, en la educación y en la conciencia social.

Porque cada paso que damos hacia la igualdad entre mujeres y hombres es también un paso hacia una sociedad más libre, más justa y más humana. Y ese es, precisamente, el horizonte al que aspira el socialismo democrático: una sociedad donde la dignidad, la igualdad y la libertad sean derechos reales para todas las personas.

Foto Agustín Millán

La igualdad no se mendiga: se conquista

Por María Iglesias Domínguez. Redacción Tribuna Socialista

Foto Agustin Millán

Especial 8 de marzo 2026

El 8 de marzo recuerda que los derechos de las mujeres son la base de una democracia real y que la lucha por la igualdad sigue siendo una tarea urgente frente a las desigualdades, la precariedad y los discursos reaccionarios.

Cada 8 de marzo el mundo se detiene un momento para recordar una verdad que la historia ha demostrado una y otra vez: la igualdad entre mujeres y hombres no es una concesión ni un gesto simbólico, es una conquista colectiva. El Día Internacional de las Mujeres no es solo una fecha en el calendario. Es la memoria viva de generaciones de mujeres que desafiaron la desigualdad, lucharon por sus derechos y cambiaron para siempre la historia de nuestras sociedades.

La historia del progreso democrático está profundamente ligada a la lucha de las mujeres. Cada derecho conquistado —el derecho al voto, a la educación, al trabajo digno, a la autonomía personal— ha ampliado los límites de la libertad y ha hecho nuestras sociedades más justas. Allí donde las mujeres han avanzado, ha avanzado también la democracia.

Sin embargo, la igualdad no es un destino alcanzado. Es una tarea permanente. Las conquistas logradas en el último siglo conviven hoy con desigualdades persistentes que siguen condicionando la vida de millones de mujeres.

En el ámbito laboral, las mujeres han protagonizado una transformación histórica. Su incorporación masiva al mercado de trabajo ha cambiado la estructura económica y social de nuestras sociedades. Pero esa presencia creciente no siempre se traduce en igualdad real. Las mujeres siguen enfrentando una brecha salarial, mayores niveles de parcialidad involuntaria, más precariedad laboral y mayores dificultades para acceder a puestos de responsabilidad.

Estas desigualdades no son casuales ni inevitables. Son el resultado de estructuras sociales que durante siglos han relegado a las mujeres a una posición secundaria. Por eso la igualdad efectiva no puede limitarse a declaraciones de principios: requiere políticas públicas, compromiso social y voluntad colectiva para transformar la realidad.

Uno de los mayores desafíos sigue siendo la organización social de los cuidados. Durante demasiado tiempo, el trabajo de cuidar —esencial para el funcionamiento de cualquier sociedad— ha recaído de forma desproporcionada sobre las mujeres. Esta desigual distribución condiciona las trayectorias profesionales, limita oportunidades y reproduce desigualdades económicas.

Hablar de igualdad significa también hablar de corresponsabilidad. Significa construir un modelo social donde el cuidado deje de ser una carga invisible y se convierta en una responsabilidad compartida entre hombres, mujeres y las instituciones públicas.

Pero la lucha por la igualdad no se libra solo en el terreno económico o laboral. También se libra en el terreno cultural, político y social. Significa cuestionar estereotipos, combatir la violencia machista, garantizar la libertad y la seguridad de las mujeres en todos los ámbitos de la vida y asegurar su plena participación en la toma de decisiones.

El feminismo ha demostrado ser una de las fuerzas más transformadoras de la historia contemporánea. No busca privilegios ni ventajas particulares. Busca algo mucho más profundo: que todas las personas, independientemente de su género, puedan vivir con dignidad, libertad y oportunidades reales.

Desde una perspectiva socialista, esta lucha está profundamente conectada con la defensa de la justicia social. La igualdad entre mujeres y hombres no puede separarse de la lucha contra la precariedad, la desigualdad económica y la exclusión social. Una sociedad que aspira a ser justa no puede tolerar que la mitad de su población siga enfrentándose a barreras estructurales para desarrollar plenamente su vida.

El 8 de marzo es también un día de memoria. Memoria de las mujeres que lucharon cuando hacerlo era mucho más difícil. Mujeres que se organizaron en fábricas, en sindicatos, en movimientos sociales y en la política para reclamar derechos que hoy parecen evidentes, pero que en su momento fueron profundamente revolucionarios.

Gracias a ellas, hoy vivimos en sociedades más libres. Pero la historia también nos recuerda que los derechos nunca están garantizados para siempre. Cada generación tiene la responsabilidad de defenderlos y ampliarlos.

Por eso el 8 de marzo no es solo una celebración. Es un compromiso. Un compromiso con las mujeres que abrieron camino antes que nosotras y con las generaciones que vendrán después.

Las aspiraciones de las mujeres son, en el fondo, las aspiraciones de cualquier sociedad democrática: vivir sin miedo, acceder a un trabajo digno, participar en igualdad en la vida pública y construir un futuro donde el género no determine el destino de nadie.

La igualdad no es una utopía lejana. Es un horizonte que se construye con cada avance, con cada derecho conquistado, con cada paso que damos hacia una sociedad más justa.

Y la historia demuestra algo con claridad: cuando las mujeres avanzan, avanza toda la sociedad.

8M 2026 – Mujeres contra la guerra

El 8 de Marzo de 2025, las Mujeres Republicanas salimos a la calle para exigir el alto a la guerra y al genocidio. Un año después, lamentablemente esta exigencia es aún más apremiante.

En todo el mundo estamos viviendo bajo la amenaza de terribles retrocesos en los derechos y condiciones de vida de los trabajadores a todos los niveles. Y no es solo una amenaza, es una realidad que se concreta en el corazón mismo del imperialismo, los Estados Unidos, con una crudeza inimaginable. Y en todos los países cuyos gobiernos de pliegan, de manera más o menos directa, a las órdenes de Trump, porque el aumento del gasto militar exigido por este –y concedido por aquellos– implica recortes que atentan contra la vida de las poblaciones. Y, como siempre, las mujeres sufrimos esos recortes con especial virulencia.

La lucha organizada de las mujeres trabajadoras contra la guerra comenzó antes incluso del estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1907 Clara Zetkin organizó en Stuttgart la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, de las que pasó a ser secretaria. Allí se defendió que las mujeres trabajadoras debían organizarse no solo por sus derechos civiles, sino también contra el militarismo creciente en Europa.

Más tarde, ya en plena Guerra Mundial y en medio de enormes dificultades, en marzo de 1915, Clara Zetkin, por entonces secretaria de la Internacional Socialista de Mujeres, junto a las revolucionarias rusas organizó en Berna la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra, que contó con 29 delegadas de los países beligerantes.

La Conferencia adoptó una resolución conocida popularmente como «Guerra a la guerra» (ver recuadro adjunto).

Resolución de la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la Guerra (1915)

«La actual guerra mundial hunde sus raíces en el imperialismo capitalista. Fue provocada, finalmente, por las exigencias de los explotadores y clases gobernantes de los diferentes países que, en una lucha competitiva entre sí, se esfuerzan en extender su explotación y dominación más allá de las fronteras de sus propios Estados.

[…] La historia establecerá la tremenda responsabilidad del estallido de la guerra que recae sobre los Gobiernos y la diplomacia de varias grandes potencias. Durante ocho meses, la guerra mundial ha destruido cantidades inconmensurables e inestimables de valores culturales, y ha causado innumerables sacrificios de vidas humanas. Ha pisoteado y deshonrado los más altos logros de la civilización, los más sublimes ideales de la humanidad.

[…] A partir de estas consideraciones, la Conferencia Extraordinaria de Mujeres Socialistas declara la guerra a esta guerra. Exige el cese inmediato de esta monstruosa lucha entre los pueblos. Exige una paz sin anexiones ni conquistas, una paz que reconozca el derecho a la autodeterminación y a la independencia de los pueblos y nacionalidades (incluidos los pequeños) y que no imponga condiciones humillantes e intolerables a ninguno de los estados beligerantes».

Hoy, la lucha en defensa de la democracia, de la más elemental de las democracias, pasa por la defensa incondicional del pueblo palestino, porque su lucha, desigual pero inagotable, concentra la lucha de todos los pueblos del mundo.

Esta realidad nos remite al ejemplo de Rosa Luxemburgo, asesinada por mantenerse firme en sus convicciones: se opuso a los créditos de guerra y advirtió que la guerra es una cruel escuela para nuestra clase. Su consigna «socialismo o barbarie» advertía que, sin transformación social, la humanidad quedaría atrapada en ciclos de destrucción.

Y esa certera advertencia de Luxemburg se concreta hoy en 56 guerras abiertas (según cifras oficiales que parecen quedarse muy por debajo de la realidad), un atroz genocidio y una escalada bélica que se traduce en el aumento imparable del gasto militar, y el consiguiente descenso –desaparición en muchos casos– del gasto social.

De esta barbarie anunciada las mujeres somos las primeras víctimas en muchos sentidos.

Sin duda, los pueblos sostienen la vida en medio del dolor (televisado o transmitido) pero hay informes que no siempre cuentan: la guerra es también violencia contra las mujeres, violencia contra los cuerpos, violencia contra la vida misma.

Y aquí en casa, en Europa, se desarrolla una guerra salvaje, que ha causado ya un millón de muertos, entre jóvenes rusos y ucranianos, por causas del todo ajenas a esos jóvenes. Una pugna entre oligarquías en la que nada tienen esos jóvenes que ganar y todo que perder. Ya sabéis: «vuestras guerras, nuestros muertos».

Un llamamiento firmado conjuntamente por militantes rusos y ucranianos dice: «Es infinitamente ingenuo creer que la guerra conduce a la paz. Ni Putin, ni Trump, ni Zelenski, ni los dirigentes europeos han sido capaces de aportar lo esencial a los pueblos: la paz. Los cálculos basados en una victoria militar se han venido abajo, así como los intentos de «toma y daca» entre dirigentes a costa de los pueblos. […] Conocemos el precio de la guerra: nos ha privado de nuestra voz y del derecho a decidir nuestro destino. La única posibilidad de poner fin a esta pesadilla es devolver a nuestros pueblos ese derecho, el derecho a la autodeterminación».

Gobiernos, instituciones, incluso ciertas organizaciones del movimiento obrero, toman partido en esta carnicería capitalista e insisten en que todos debemos tomarlo. Nosotras no tomamos partido por los oligarcas que se juegan sus intereses sobre montañas de inocentes muertos y heridos.

¿Tendrá algo que ver la economía de armamento en esta escalada bélica? Ese negocio redondo que se retroalimenta: fabrican armas, las venden, las utilizan dejando una estela de muerte y destrucción humana y planetaria, y fabrican más remesas. Porque parece mentira que haya que señalar aún que esa falacia del rearme preventivo es eso: una falacia vergonzosa. Las armas no se fabrican para guardarlas por si acaso, se fabrican para utilizarlas. Si no, no hay negocio.

Pero los pueblos de todo el mundo se levantan contra la guerra y el genocidio que la entidad sionista perpetra en Palestina. El abismo entre Gobiernos e instituciones por un lado y trabajadores y pueblos por otro, se ahonda cada día.

La voluntad de los pueblos de defender sus derechos y conquistas, naturalmente en peligro con el aumento de los presupuestos militares, y defender en última instancia su propia vida es clara y evidente. Por ello estamos necesitados de organizarnos a nivel no solo nacional, sino sobre todo internacional. Ese es el papel que jugaron la conferencia y el mitin contra la guerra de los días 4 y 5 de octubre pasado en París, que tienen su continuidad en la conferencia/mitin de Londres que se celebrará los días 19 y 20 de junio.

Porque el tiempo de caracterizar ha pasado sobradamente. Ahora tenemos que organizarnos. El espectáculo de dolor y muerte no necesita ninguna explicación, solo exige determinación y organización para acabar con él, para liberar al pueblo mártir de Palestina, para sacar de las trincheras a los jóvenes rusos y ucranianos cazados a lazo por las calles para convertirlos en carne de cañón. Si alguien necesita aún explicaciones, ese alguien no es de los nuestros y no vamos a perder el tiempo en dárselas. Porque no hay tiempo.

El día 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, porque así lo decidió en marzo de 1911 la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, para honrar a las mujeres que lucharon y luchan por la emancipación de los trabajadores y, por tanto, por su propia liberación de la doble opresión que sufren.

En 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas decidió hurtar el carácter obrero de esa fecha, eliminando la palabra «trabajadora», en aras de una supuesta transversalidad en los problemas que afectan al conjunto de las mujeres. Lamentablemente, las direcciones de las organizaciones sindicales y políticas en todo el mundo han aceptado ese disparate, que sitúa en un mismo plano a burguesas y proletarias. Y no, no estamos en un mismo plano. De hecho estamos en planos opuestos en la batalla por la emancipación y por la igualdad.

En nuestro país hay un claro escollo en esa batalla: la Monarquía y las instituciones heredadas del dictador.

Baste repasar la actuación de la judicatura en todas aquellas cuestiones que afectan al derecho de las mujeres a la vida y a la protección. Burlas, humillaciones, cuando no directamente culpabilización de las víctimas.

La lucha por la República ha de formar parte de este 8 de marzo. Pero no solo por la flagrante negación de democracia que supone el sistema monárquico, aunque también por eso. La lucha por la República tiene un contenido muy concreto. Es la lucha por parar los gastos militares y dedicarlos a las necesidades sociales.

En este régimen no cabe la emancipación de la mujer trabajadora, como no cabe el conjunto de reivindicaciones del movimiento obrero.

Los derechos duramente conquistados por la más que centenaria movilización de las mujeres nunca han estado asegurados. El capital y los Gobiernos e instituciones a su servicio no cejan en su empeño por recortarlos, arrebatarlos incluso. Miramos con horror lo que está sucediendo en Estados Unidos, donde peligra hasta lo más elemental. Pero no hay que mirar más allá de Europa para ver esa misma dinámica. El dinero que se gasta en más y más armas no sale de las piedras, sale de nuestros bolsillos, de lo que aportamos para mejorar nuestras condiciones de vida, no para promocionar la muerte.

Por eso, de nuevo este 8 de marzo, las mujeres trabajadoras estaremos en la calle por nuestras reivindicaciones y, para realizarlas, no hay otro camino que la lucha contra la guerra y contra la guerra social. En nuestro país, esa lucha pasa por la República. A escala internacional, la conferencia/mitin de Londres contra la guerra es el siguiente hito en esta batalla por aunar las fuerzas de organizaciones, militantes, demócratas que entienden que en esta batalla nos va la vida.

Isabel Cerdá

Miembro del colectivo Mujeres Republicanas

8 de marzo: Día de la mujer trabajadora

Homenaje a Olga Tareeva

Olga Tareeva Paulova (Moscú, 1899-Nueva York, 1980), fue una militante marxista que se enfrentó al régimen de Stalin y que militó en la Internacional Sindical Roja y en el POUM. Aunque se la conoce por ser la viuda de Andreu Nin, no hay que referirse a él para destacar la prodigiosa fuerza de una mujer con una vida de lucha. Lucha por salir de Rusia y venir a Cataluña con Nin; lucha por encontrar los restos de su cuerpo, una vez asesinado y lucha por salvaguardar la legalidad del POUM de los ataques orquestados desde Rusia y lucha por la honorabilidad de los militantes del POUM.
Olga fue bailarina de El Bolshoi, militante bolchevique del soviet de Moscú y mecanógrafa en la Internacional Sindical Roja donde conoció a Andreu Nin. En 1922 se casaron en Moscú. Como militante obrera vivió de primera mano las complejidades de la Revolución Rusa, y las discrepancias y distanciamiento entre las ideas que defendían Lenin y Trotski, de las que se declaraba partidaria, y las de Stalin. Estas discrepancias de Nin y Tareeva hacia el régimen del miedo instaurado por Stalin, provocaron la expulsión de la URSS de Nin y una huelga de hambre de Olga y sus hijas, hasta que pudo marcharse de la URSS a reunirse con Nin.

un papel decisivo en el Proceso contra el POUM celebrado en Barcelona en 1938, poco antes de que Barcelona cayera en manos de las tropas franquistas.
Los dirigentes del POUM encarcelados comparecieron ante el Tribunal contra el Espionaje y Alta Traición. Entre los encausados estaba el propio Andreu Nin, que obviamente no podía estar presente porque había sido asesinado. Ocupando la silla vacía reservada a Andreu Nin, Olga puso un retrato suyo que nadie se atrevió a retirar. Finalmente, el Tribunal condenó a los dirigentes del POUM procesados como revolucionarios, no como fascistas como habían pretendido el PCE y el PSUC.
Olga se fue a vivir a Estados Unidos con sus hijas, y en 1970 ya anunció su deseo de volver a El Vendrell. Antes de su muerte, en Nueva York, dejó dicho que sus restos, una vez muerto, tenían que descansar en el cementerio de El Vendrell, donde algún día deseaba que si se podían recuperar los restos de Andreu Nin, pudieran reunirse. En el año 2013, los restos de Olga Tareeva vinieron al cementerio de El Vendrell, donde aún esperan a los de Nin.
El homenaje y reconocimiento que los y las socialistas hacemos a Olga Tareeva en este 8 de marzo, es un homenaje a todas las mujeres trabajadoras y a todas las mujeres que han contribuido y contribuyen a la democracia y a la lucha obrera.

Viva el día de la Mujer
Vivan las mujeres trabajadoras

Baltasar Santos
Primer secretario del PSC del Vendrell

8 de marzo: Día de la mujer trabajadora

Hace un año, el llamamiento al 8 de marzo del colectivo «Republicanas» comenzaba denunciando el asesinato de 8.190 mujeres y 12.000 niños en Palestina.

Hoy la cifra oficial proporcionada por el Ministerio de Sanidad de Gaza sobrepasa los 47.000 muertos, un 70% de los cuales eran mujeres y niños.

La actual tregua (que no alto el fuego) nos deja las terribles imágenes de miles y miles de familias avanzando a pie, con sus hijos y enseres a cuestas, hacia las ruinas de lo que fue su hogar.

Más aún que hace un año, no hay 8 de marzo sin apoyar a las mujeres palestinas, sin exigir el fin del genocidio, al alto el fuego permanente y la ruptura de relaciones diplomáticas del gobierno de nuestro país con el Estado sionista de Israel.

Hoy vivimos en todo el mundo bajo la amenaza de terribles retrocesos en los derechos y condiciones de vida de los trabajadores a todos los niveles. Y las mujeres trabajadoras, como sector especialmente explotado de la clase obrera, sufrirán con particular saña esos retrocesos si no los paramos.

El día 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, porque así lo decidió en marzo de 1911 la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, para honrar a las mujeres que lucharon y luchan por la emancipación de los trabajadores y, por tanto, por su propia liberación de la doble opresión que sufren.

En 1975, la Asamblea General de Naciones Unidas decidió hurtar el carácter obrero de esa fecha, eliminando la palabra «trabajadora», en aras de una supuesta transversalidad en los problemas que afectan al conjunto de las mujeres. Lamentablemente, las direcciones de las organizaciones sindicales y políticas en todo el mundo han aceptado ese disparate, que sitúa en un mismo plano a burguesas y proletarias. Y no, no estamos en un mismo plano. De hecho, estamos en planos opuestos en la batalla por la emancipación y por la igualdad.

En nuestro país hay un claro escollo en esa batalla: la Monarquía y las instituciones heredadas del dictador.

Baste repasar la actuación de la judicatura en todas aquellas cuestiones que afectan al derecho de las mujeres a la vida y a la protección. Burlas, humillaciones, cuando no directamente culpabilización de las víctimas.

La lucha por la República ha de formar parte de este 8 de marzo. Pero no solo por la flagrante negación de democracia que supone el sistema monárquico, aunque también por eso. La lucha por la República tiene un contenido muy concreto. Es la lucha por parar los gastos militares y dedicarlos a las necesidades sociales.

La lucha contra las reformas laborales que han hecho proliferar los contratos a tiempo parcial, que afecta en especial a las mujeres manteniendo y aumentando la brecha salarial.

La lucha por los convenios colectivos, por salarios que permitan cubrir las necesidades vitales dignamente, por convenios que recojan sin ardides el principio fundamental «a igual trabajo, igual salario».

La lucha por la defensa del sistema público de pensiones.

La lucha por el reconocimiento pleno de enfermedades profesionales en los sectores donde hay una mayoría de mujeres.

La lucha por servicios públicos que permitan liberarse de la esclavitud doméstica. La emancipación no será posible mientras no se aseguren los medios suficientes para acceder al mercado de trabajo en condiciones de igualdad. Recordemos que las grandes luchas obreras consiguieron no solo guarderías públicas, sino también comedores y otros servicios incluso en los propios centros de trabajo.

La lucha por que se concrete en leyes el derecho a la vivienda, exigiendo, por ejemplo, la expropiación de las viviendas en manos de los fondos buitre. Prohibiendo los desahucios por imperativo legal. El derecho a la vivienda está por encima del derecho a la propiedad privada y a su explotación.

La lucha por mantener el derecho al libre uso del propio cuerpo, cuestionado hoy por las derechas franquistas (y conculcado en demasiados lugares del mundo). Por la salud reproductiva, por el aborto libre y gratuito sin restricciones y en centros públicos.

La lucha por la separación de Iglesia y Estado. Por la escuela pública y laica. Por una educación igualitaria, libre de prejuicios y estereotipos, con fondos suficientes, fondos públicos exclusivamente para la escuela pública, por una educación basada en el método científico, que incluya la educación para la libertad sexual.

La lucha en defensa de las libertades y derechos. Por la derogación de las leyes represivas, como la Ley Mordaza.

Por todo ello, en este régimen no cabe la emancipación de la mujer trabajadora, como no cabe el conjunto de reivindicaciones del movimiento obrero.

Los derechos duramente conquistados por la más que centenaria movilización de las mujeres nunca han estado asegurados. El capital y los gobiernos e instituciones a su servicio no cejan en su empeño por recortarlos, arrebatarlos incluso. Miramos con horror lo que está sucediendo en Estados Unidos, donde peligra hasta lo más elemental. Pero no hay que mirar más allá de Europa para ver esa misma dinámica. El dinero que se gasta en más y más armas no sale de las piedras, sale de nuestros bolsillos, de lo que aportamos para mejorar nuestras condiciones de vida, no para promocionar la muerte.

Por eso, de nuevo este 8 de marzo, las mujeres trabajadoras estaremos en la calle por nuestras reivindicaciones y, para realizarlas, no hay otro camino que la lucha contra la guerra y contra la guerra social. En nuestro país, esa lucha pasa por la República.

Silvia Martínez
Miembro del Colectivo Mujeres Republicanas

Especial 8M Dia de la Mujer Trabajadora.

La mujer trabajadora es explotada por su pertenencia a la clase desposeída y oprimida por su condición de mujer.

“…si el proletariado sólo puede conquistar su plena emancipación gracias a una lucha que no haga discriminaciones de nacionalidad o de profesión, sólo podrá alcanzar su objetivo si no tolera ninguna discriminación de sexo.”

Clara Zetkin


Discurso pronunciado en el Congreso de Gotha del Partido Socialdemócrata de Alemania el 16 de octubre de 1896

Terminamos el primer cuarto del s. XXI, en el que la propaganda burguesa ha creado un imaginario de progreso que la tozuda realidad desvanece con solo pararse a pensar un poco, o a leer.

Se está celebrando como un hito histórico, y lo es, que la Francia de la V República haya dado el paso de blindar en su Constitución el derecho al aborto, para que el 51% de la población francesa, las mujeres, tenga la libertad de abortar, si así lo decide.

Nuestra II República, la que nos usurpó un golpe de Estado militar, planteaba en su Constitución la igualdad entre sexos. Legisló sobre el Divorcio, sobre el Matrimonio Civil, en febrero y junio de 1932, por citar dos ejemplos. Pero, claro, para “salvar a España”, el programa nacionalcatolicista de Franco y sus secuaces devolvió a la mujer la mujer a la vida doméstica.

La II República dio pasos que avanzaban sobre las tradiciones ancestrales que la clase acomodada se resiste a cambiar, pues a ellos ya les va bien. Cuando decimos que la realidad dispersa la fantasía del progreso, nos referimos a que las instituciones sociales que oprimen a la mayoría, hombres y mujeres, y a las mujeres doblemente, continúan aquí; por mucho que nos las pinten como simbólicas.

¿No es acaso el Rey el cabeza del Reino? ¿no son los papas, ayatolas, daláis lamas… los cabezas visibles de sus respectivas religiones? Para quienes defienden el concepto tradicional de “familia”, la de esa célula básica social, continúa siendo el “cabeza de familia”, el que manda y decide por el resto de los miembros de la unidad familiar ¿Alguien piensa que esto no tiene nada que ver con el concepto de propiedad que tiene el asesino machista, cuando considera que “su mujer es suya”, o no es de nadie? O simplemente con el concepto autoritario de la derecha sobre la sociedad. Pero aquí seguimos, avanzando por el siglo XXI, atascados y atascadas en conceptos medievales.

Sin embargo, la vida no es igual para las familias pudientes que para las menesterosas, no es igual para la clase explotadora que para la clase explotada: la reina, tanto la vigente como la emérita, la presidenta del Banco Santander, la presidenta de la Comunidad de Madrid… para ellas la realidad es otra, aunque también estén sometidas y acaten el orden patriarcal; la reina emérita bien lo sabe, y lo ha aceptado durante décadas.

Cuando una mujer de la clase adinerada decide abortar no necesita leyes para hacerlo, tiene los recursos para hacer efectiva la decisión, no así las mujeres trabajadoras. Por eso es tan importante la senda que Francia ha trazado, al blindar un derecho legítimo de las mujeres en su Constitución.

El 8 de marzo celebramos el día Internacional de la Mujer Trabajadora de 2024, pero todos los días del año tenemos que reivindicar los derechos del 85% de la sociedad: asalariados y asalariadas, pensionistas, funcionarias y funcionarios, desempleados y desempleadas, y las hijas e hijos de la clase trabajadora, cuyo derecho al trabajo y sueldo dignos, a la Salud, la Educación, la Dependencia y las Pensiones son vulnerados y pisoteados cada día.

Y como este no es un problema aislado en nuestro país, no podemos olvidar mostrar nuestra solidaridad con las mujeres, niños y niñas que están siendo masacradas en Palestina. Por lo que exigimos ¡Alto al Genocidio!

Viva la Mujer Trabajadora

El Comité de Redacción