Nosotros el pueblo…

Por Martín Lozano

… no tenemos ni vergüenza, ni dignidad. No sabemos ni llevar un traje de chaqueta, si yo hubiera llevado alguna vez un traje como Cary Grant hubiera sido feliz y no tan retorcido y rencoroso como soy. Nunca hubiera sido un rojo.

No hay más que verlos para saber que Alberto Luceño es un trepa, un venido a más, un nuevo rico, un aprovechado, un tipo que puede llevar tres relojes de lujo en la misma muñeca y ofrecérselos al juez como parte de su fianza, recordándonos a los mismos de su calaña, que en los años 50, vendían copias de Rolex de oro (del que cagó el moro, decíamos) en el Rastro, plumas estilográficas Parker falsas o réplicas de Rayban en la Plaza de Cascorro. Luceño es uno de los nuestros con contactos, uno que ha conseguido un teléfono para contactar con el primo del alcalde o con la jefa de compras del ayuntamiento y pega otro pelotazo, es uno como nosotros. Pero no tiene dignidad, no tiene ni un ápice de ética. Al primero que engaña es a su compinche, al primero que roba es a su camarada, al que le saca (la famosa saca) un millón de pavos y él se queda con cuatro o cinco. Que se puede esperar de un tipejo así, que basa su posición en tener deportivos de lujo, relojazos de oro, un casoplón. La imagen que nunca tendrá la quiere conseguir con cosas materiales.

En cambio Luis Medina, es otra cosa. Luis Medina es, como nos recuerdan los tribuletes de la asquerosa prensa carroñera, un aristócrata. Ya sabéis, según la RAE, el gobierno ejercido por los mejores, o en su tercera acepción la clase noble de una nación. En la Roma clásica estaba la plebe (el pueblo, el populacho, nosotros); los equites (los caballeros) de larga tradición española, que aquí podríamos darle un matiz católico, los hidalgos; y los nobilitas (los nobles), que además heredan de padres a hijos esa cualidad, la nobleza. Gente como Luis Medina, que sabe llevar un traje, unas Rayban y un reloj de oro en la muñeca, pero solo uno y además sortea a la prensa camino de los juzgados con esa ligereza y esa prestancia que le da su dignidad.

Su nobleza le viene de muy lejos. Luis ofrece al juez, como muestra de sus buenas intenciones, sus derechos hereditarios sobre la herencia de su abuela (cuatro milloncejos de nada). Como propagan los voceros, cuatro veces más de la dichosa fianza y los paniaguados izquierdistas del ayuntamiento de Madrid le piden al juez que le retire el pasaporte y le obligue a presentarse cada quince días en el juzgado. Acaso creen que se va a fugar, él, que podría ser dueño de media España. Su abuela, la de la herencia, Victoria Eugenia Fernández de Córdoba (¿Quién no ha abierto la boca de asombro ante el nombrecito?), era 9 veces duquesa, 19 marquesa, 19 condesa y 4 vizcondesa. Catorce de esos títulos le daban la Grandeza de España; uno de ellos, por ejemplo, el de Medinaceli se lo concedió a su ancestro, Isabel I de Castilla, la Católica, en 1479, tan católica como su marido, Fernando de Aragón, y juntos instauraron la “Santa” Inquisición.

Abro aquí un largo inciso. ¿Cómo es posible que un título nobiliario sobreviva a la casa real que lo fundó? Ya está bien (No, está muy mal) que a los reyes no los elija nadie, que el puñetero trono sea hereditario (por la jodida y supuesta sangre real), pero qué a los elegidos a dedo (nunca mejor dicho) por esos reyes se les siga dando un tratamiento y unos privilegios, incluso una vez sustituida la dinastía que se los dio. ¡No, hombre, no! Eso no puede ser. Se acabó la dinastía, se acabaron sus títulos nobiliarios. ¡Joder! Qué en este caso son cuatro: Trastamara, Habsburgo, Austrias y Borbones. Y eso hasta que a los jefes del Estado no seamos capaces de votarlos y que lleven una banda tricolor en el pecho.

Pero volvamos con el magnífico Luis y con el despreciable Alberto, el duo “Los comisionistas. No vamos a contar que ellos se enriquecieron mientras nuestros viejos, los de las residencias que había que desviar a los hospitales públicos se morían como perros encerrados en sus habitaciones; que nuestros sanitarios no tenían material de protección y que ellos trajeron guantes y mascarillas defectuosos. No. No vamos a contar que son unos desalmados. No. Eso es la ley de la oferta y la demanda. Tú necesitas algo y yo te lo proporciono. ¿Qué me llevo dinero por ello? Esa es la base del negocio. ¿Qué un 50% es abusivo? ¿Dónde está eso escrito? Los contratos eran legales, el Ayuntamiento de Madrid y su intachable alcalde no tienen nada que ver en todo este embrollo, que la justicia terminará por aclarar, incluida la pérfida Fiscalía, repleta de rojos resentidos. Quien no ha hecho nada, no tiene nada que temer. Lo del primo de Almeida no es más que otro intento de la oposición a enmierdarlo todo, como lo del hermano de Ayuso. Pero los comisionistas no han hecho nada punible, solo han hecho lo que cualquiera de nosotros habríamos hecho en su caso: sacar tajada.

Y si hay algún culpable será Alberto, que no es más que un advenedizo, un insaciable pordiosero vestido de Tucci con un Omega y un Rolex en cada muñeca. Pero Luis no. Luis no. No hay más que verle como le quedan los trajes, si parece Cary Grant cuando entra en los juzgados, como entraba su padre por aquellos líos de faldas y pantalones. Que iba a hacer el pobre hombre si le gustaban las niñas ¿o eran los niños? Que va a hacer el pobre Luis si le gusta el lujo y además tiene derecho a ello. Él y toda su familia lleva desde hace siglos viviendo como lo que son: la aristocracia de España.

Salud Compañeros.

Autor: Tribuna Socialista

Tribuna libre de expresión. Fomentando el debate y las propuestas entre socialistas.

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