República significa revolución y clase obrera

En España la monarquía y sus garantes, la oligarquía terrateniente, la Iglesia católica y el Ejército, siempre se han colocado enfrente de su pueblo, pero especialmente desde principios del siglo XIX. En los últimos dos siglos en contadas ocasiones hemos podido expresar nuestros deseos con respecto al tipo de Estado como queremos la mayoría trabajadora, y siempre nos hemos inclinado a favor de la república. Sin embargo, no es mi intención hacer un relato histórico para reivindicarla.

La república es una necesidad material más que un deseo nostálgico. Prácticamente todos los partidos de izquierda, parte de los nacionalistas, y gran parte de la ciudadanía se declaran fervientemente republicanos. Entonces cabe preguntarse, ¿cómo es posible que, tras años de gobiernos de izquierda, tras años de un gobierno de coalición que se dice progresista y que integra en sus filas varios partidos de esos que se declaran fervientemente republicanos, cómo es posible que no se vislumbre en un horizonte lejano siquiera la posibilidad de que arribe la república? La respuesta parece fácil, todos se encuentran a gusto con el marco jurídico existente, y su vehículo necesario, la Monarquía.

El dictador dijo aquello de “todo queda atado y bien atado” en su discurso de navidad del año 1969, refiriéndose a la designación de Juan Carlos de Borbón como futuro rey de España. Pretendía la continuidad del régimen franquista y para ello nada mejor que una monarquía a la cabeza del aparato estatal y, por si algún nudo se desataba, como jefe de los tres ejércitos. Este episodio recuerda otro mucho más reciente y de plena actualidad. José María Aznar, líder espiritual de la derecha, hizo una llamada en noviembre de 2023, tras la formación del Gobierno de Sánchez: “el que pueda hacer que haga, el que pueda aportar que aporte”. Curioso paralelismo, pues las instituciones existentes en el momento de la muerte del dictador y la consiguiente proclamación de Juan Carlos, a día de hoy son las principales encargadas de hacer lo que se pueda y aportar lo necesario.

Para qué hablar de las prevaricadoras sentencias de los jueces, condenando sin pruebas o llevando a cabo investigaciones prospectivas, o declaraciones de los dirigentes de la Conferencia Episcopal para que Sánchez convoque elecciones, o manifestaciones de jueces con su toga a la puerta de los juzgados para frenar decisiones políticas del Gobierno, o montajes policiales y tramas mafiosas para encausar a nacionalistas y partidos de izquierda, para reprimir a trabajadoras y trabajadores cuando ejercitan derechos sindicales, para acosar inmigrantes o jóvenes por su aspecto, o medios de comunicación regados con dinero público sin otro cometido que acosar al Gobierno de Sánchez, y así podría repetir hasta la saciedad lo que todos vemos y sabemos.

Al igual que la monarquía borbónica, el franquismo era corrupto por naturaleza; no solo había represión, el abuso y la impunidad estaban en la raíz del régimen. En 2014 Juan Carlos se vio obligado a abdicar al descubrirse que había amasado una enorme fortuna a base de negocios turbios y corruptelas y, como su abuelo, puso tierra de por medio para eludir, no la acción de la justicia que le es propia y ya lo ha exonerado, sino la indignación popular y la posibilidad de que se levantara un movimiento en contra de la monarquía; además de eludir el pago de impuestos correspondiente. Recientemente ha escrito un libro de memorias cargando contra Sánchez, en la línea de “el que pueda hacer que haga”.

Su hijo intenta dar continuidad a la cosa y a la Casa, apoyado en la limpieza de cara que le aporta el poder mediático, tan entregado y baboso como se comportó con su padre. Sin embargo, se le vio la patita cuando envió a jueces y policías para reprimir a los catalanes en el discurso de octubre de 2017; el que podía hacer, hizo. Por otro lado, estamos asistiendo a la formación “profesional” de Leonor de Borbón, heredera al trono, que se pasea por tierra, mar y aire, preparándose para ser la capitana general de los ejércitos. Nos han colocado una sucesora sin ninguna consulta, como es propio de la monarquía.

Desde la izquierda se hacen referencias permanentes a la 3.ª República, sin embargo, en la práctica nadie da pasos concretos ni en su programa, ni en sus propuestas. Podríamos hacer ciencia ficción y preguntarnos qué habría pasado si los dirigentes de Unidas Podemos, tras las elecciones de 2016 en las que obtuvieron 71 escaños, hubieran subido al estrado del Congreso y se hubieran mostrado decididos a cambiar de modelo de Estado, a organizar la lucha por la República, dando la espalda al régimen de la Monarquía y las instituciones que arrastra.

De vez en cuando la prensa recoge alguna encuesta que pone de manifiesto el elevado tanto por ciento que quiere la República, incluso se habla de sondeos tras la muerte del dictador que inclinaban las preferencias de la ciudadanía a la República. Nunca se ha preguntado a la población qué prefiere. Nunca se ha dado la oportunidad de transmitir la ilusión necesaria a la población, ni organizar la exigencia de un cambio de régimen. Por el contrario, los partidos de izquierda, cuando han tenido la oportunidad, se han lanzado a gobernar con los mimbres heredados del franquismo, se han esmerado en demostrar que son buenos gestores de la herencia del dictador. La Constitución se nos presentó como un paquete cerrado, producto de un pacto por arriba con los franquistas, que implicaba al PSOE, al PCE y a los partidos nacionalistas, sin ninguna posibilidad de enmienda, y del que hoy, –de aquellos polvos estos lodos–, recoge instituciones permeables al “el que pueda hacer que haga”.

Construir una república del pueblo y para el pueblo exige unas reivindicaciones claras salvaguardadas con garantías de que no van a ser arrasadas a las primeras de cambio. Hoy la lucha por la República significa “ruptura” apoyada en la mayoría social, que liquide el aparato judicial borbónico, que echa sus raíces, más allá del franquismo, en el siglo XIX. Una república que garantice la paz por encima de todo, negando apoyos a cualquier guerra, a la venta o compra de armas; que aparte a la Iglesia de la enseñanza pública, construyendo un Estado verdaderamente aconfesional; que garantice la sanidad universal para todos; que organice la industria, la agricultura y la ganadería basándose en las necesidades de la mayoría, no del beneficio; una república federal que escucha y defiende a los pueblos, no los enfrenta, que reconozca el derecho de autodeterminación de los pueblos. La unidad de España defendida por la Monarquía es una unidad contra los pueblos que lejos de escucharles los somete a un nacionalismo español rancio, y excluyente.

Para convencer primero hay que ilusionar, explicar con paciencia, negarse a reconocer que hay reivindicaciones que no se pueden cumplir porque lo mande Bruselas, Trump o la geopolítica. En resumen, una República del pueblo para romper con la Monarquía corrupta y sus instituciones.

Enrique Dargallo

La pólvora del Rey


Por Manuel Ruiz Robles

Como es habitual en estas fechas, el Rey ha dirigido su mensaje de Navidad a la ciudadanía con un tono conciliador. Ha buscado transmitir unidad y convivencia, justicia y equidad, trabajo callado y responsable. Pero detrás de las formas corteses y la moral abstracta, su discurso ha reflejado una visión de la sociedad que protege intereses de parte.

La desigualdad social no es simplemente el resultado de las diferencias individuales, sino de estructuras sociales que perpetúan injusticias y privilegios.” Pierre Bourdieu (1930-2002)

La monarquía de raíces franquistas

Su mensaje no es neutral: legitima un orden económico y político que reproduce desigualdades hirientes y limita la participación real de la mayoría. Más que incentivar la acción colectiva, promueve aceptación y resignación frente a la jerarquía de clases existente.

El mensaje del Rey ha escenificado la búsqueda de una pretendida armonía y unidad, pero en la práctica refuerza la autonomía de un aparato de Estado de raíces franquistas, oculta desigualdades estructurales y despolitiza los conflictos sociales. Una democracia auténtica exige una democracia emancipadora, donde la ciudadanía participe, los poderes estén controlados democráticamente y los recursos y derechos se redistribuyan de manera justa.

Neutralidad que encubre intereses

El Rey se presenta como figura “por encima de la política”. Evita referencias partidistas directas y centra sus mensajes en valores abstractos, promoviendo el autoengaño (“mauvaise foi”, Sartre). Esta aparente neutralidad oculta que la monarquía parlamentaria nunca es neutral: sirve para reproducir la estabilidad del orden social y económico que beneficia a las élites.

La democracia no puede reducirse a palabras amables. Requiere lucha por derechos, redistribución de recursos y transformación de las estructuras de poder. Los discursos que ignoran la explotación laboral, la concentración de riqueza, la exclusión social y los genocidios refuerzan la pasividad de las clases subalternas, mientras mantienen intacta la hegemonía de quienes controlan el capital y las instituciones. Las catástrofes climáticas (inundaciones, incendios) no son casuales, provocan víctimas y tienen responsables.

Unidad nacional y consenso ideológico

El mensaje del Rey enfatiza la unidad, tratando los conflictos territoriales, políticos y sociales como un riesgo que debe ser superado.

Para los demócratas, la unidad impuesta desde arriba es “consenso ideológico”, no activismo democrático. La verdadera política nace del conflicto entre intereses diferentes: entre clases sociales, territorios y sectores económicos. Al presentar la unidad como valor absoluto, los mensajes del Rey legitiman un orden que prioriza la estabilidad de las élites sobre la justicia y la equidad para la mayoría.

Valores morales y relaciones de poder

El discurso del Rey apela a valores como unidad y convivencia, justicia y equidad, trabajo callado y responsable. Son positivos en abstracto, pero despolitizan la desigualdad, reduciéndola a una cuestión de moralidad individual.

Desde una perspectiva democrática, los problemas sociales y económicos -precariedad, pobreza, desigualdad educativa, desigualdad sanitaria, vivienda- no son una cuestión de ética personal, sino de estructuras de explotación. Los discursos que no cuestionan estas estructuras naturalizan la desigualdad y promueven el conformismo, en lugar de fomentar la acción colectiva para transformar la sociedad.

El conflicto como amenaza y no como motor

En el mensaje del Rey, el conflicto social o político aparece como riesgo para la convivencia, no como expresión legítima de los intereses de las mayorías.

Los demócratas entendemos que el conflicto de clases es el motor de la historia y de la transformación social. Negar su existencia o presentarlo como peligroso sirve a los intereses de la clase dominante, evitando que la ciudadanía tome conciencia de su capacidad de organizarse y luchar por sus derechos. La democracia requiere confrontación y acción colectiva.

Poder simbólico y ausencia de control

El Rey no es elegido y no puede ser destituido por la ciudadanía: está blindado abusivamente por la impunidad que le procura su inviolabilidad constitucional. Su autoridad simbólica no está sujeta a control democrático, lo que limita la rendición de cuentas.

Desde la perspectiva democrática, el poder simbólico del Rey reproduce jerarquías de clase, legitimando un poder no contestable que refuerza la hegemonía política y económica de las élites. Un discurso aparentemente conciliador no cambia el hecho de que el poder se concentra y no se democratiza, dejando a la mayoría ciudadana en una posición de subordinación pasiva frente a la tradición y la continuidad institucional.

Comparación con otros jefes de Estado europeos

La mayoría de jefes de Estado europeos, aunque también cumplen funciones simbólicas, suelen reconocer conflictos sociales y económicos, mencionan desigualdad y tensiones reales, y su autoridad depende de mecanismos democráticos.

Los mensajes del Rey despolitizan la realidad y refuerzan el statu quo, presentando una democracia formal que protege los intereses de quienes controlan los recursos y las instituciones, mientras la mayoría permanece neutralizada como espectador pasivo.

La monarquía española sirve para mantener la hegemonía social y económica de una oligarquía dominante y centralista, más que para incentivar participación y transformación social.

Nación y hegemonía

Para los demócratas, la nación no puede concebirse como proyecto neutral: es un espacio donde se reproducen relaciones de poder y lucha de clases. Los mensajes del Rey presentan la nación como algo dado, ocultando que la verdadera construcción democrática implica redistribución de recursos, reconocimiento de derechos y confrontación de intereses contradictorios.

La ciudadanía no es un receptor pasivo de valores abstractos: es sujeto histórico capaz de organizarse para transformar la sociedad y disputar los privilegios de la élite oligárquica y centralista. Reconocer esta capacidad es esencial para desarrollar una democracia que no se limite a formalismos simbólicos, sino que tenga efectos reales sobre las condiciones materiales de vida.

Hacia una democracia emancipadora

Los militares, por dignidad democrática, debemos promover entre nuestros compañeros de armas valores republicanos, de modo que:

  • El conflicto social se vea como expresión legítima de intereses diversos y motor de transformación.
  • La ciudadanía participe activamente en la política, especialmente en la toma de decisiones económicas y sociales.
  • La nación se construya sobre igualdad material, justicia social y redistribución, no sobre valores morales abstractos.
  • El jefe del Estado esté sujeto a control y rendición de cuentas, incluyendo la limitación de poderes simbólicos y su exigible igualdad ante las leyes.

En una democracia autentica, los discursos institucionales no solo transmiten valores, incitan además a la acción colectiva, promueven conciencia social y cuestionan las estructuras de poder que generan desigualdad. La libertad de conciencia requiere la erradicación de la violencia simbólica (“violence symbolique”); así como la capacidad real de decidir, organizarse y transformar la sociedad.

Según el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la violencia simbólica es más eficaz que la violencia física porque actúa en un nivel inconsciente, de manera que quienes la experimentan no son plenamente conscientes de ser víctimas de ella. La reproducción de las estructuras sociales y las relaciones de poder se realiza en la «base» misma de la percepción social. Los medios de comunicación, la educación, la religión y otros agentes socializadores son los principales vehículos a través de los cuales esta violencia simbólica se lleva a cabo.

Conclusión

Los mensajes del Rey reflejan una democracia formal, centrada en la estabilidad, la unidad y determinados valores abstractos, pero limitada en participación, redistribución y confrontación de desigualdades.

Una democracia emancipadora necesita acción colectiva, lucha por derechos, redistribución y conciencia crítica. Solo la República puede garantizar que la ciudadanía no sea un espectador pasivo, sino sujeto activo que transforma las relaciones de poder, construye justicia social y garantiza bienestar y libertad material para todos.

La democracia auténtica no teme el conflicto de clases: lo reconoce como motor de transformación social y de emancipación de la mayoría frente a la hegemonía de las élites.

El Rey de España, además de ser un obstáculo para las transformaciones sociales, es cómplice necesario -junto a los gobiernos de turno: régimen del 78- de la humillante subordinación al imperialismo ( America first! ) y de sus guerras de rapiña.

«El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos» Simone de Beauvoir (1908-1986)

Sierra de Madrid, Navidad 2025

Manuel Ruiz Robles,
Capitán de Navío de la Armada,
exmiembro de la Unión Militar Democrática.

El Discurso del Rey

Como cada Nochebuena, el Rey Felipe VI ha dirigido un mensaje de Navidad a los españoles. Un buen momento para analizar la posición de la Casa Real en temas de tanto interés político y social como la crisis de precios, la sanidad, la educación, la convivencia, o los conflictos bélicos como el de Ucrania o Palestina.

No ha habido sorpresas. Los analistas de la comunicación coinciden en señalar el tono tradicional y conservador del rey en su discurso. Sentado, igual que siempre hizo su padre, para disimular gran parte de la comunicación no verbal que se transmite estando de pie; en la comodidad de un salón del palacio de la Zarzuela, y con un decorado del que destacan las banderas, el arbol de navidad, y no el Belén palestino, y una foto de Leticia y sus hijas, para dar esa imagen de familia ejemplar, y recordarnos que la heredera ya ha jurado la Constitución.

En el comiezo del discurso parecía que se iba a referir a los problemas que nos afectan a los españoles, pero pronto, salvo enumerar estos problemas, dijo que no los iba a tratar y que se iba a referir solamente a la Constitución:

«Las dificultades económicas y sociales que afectan a la vida diaria de muchos españoles son una preocupación para todos. Una preocupación que se manifiesta, especialmente, en relación con el empleo, la sanidad, la calidad de la educación, el precio de los servicios básicos. Desde luego también con la inaceptable violencia contra la mujer o, en el caso de los jóvenes, con el acceso a la vivienda.

Así pues, son muchas las cuestiones concretas que me gustaría abordar con vosotros hoy, si bien esta noche quiero centrarme en otras que también tienen mucho que ver con el desarrollo de nuestra vida colectiva. Es a la Constitución y a España a lo que me quiero referir»

Así pues, prosiguió su discurso haciendo alusión a los 45 años de la Constitución como mejor ejemplo de la unión y convivencia entre españoles, su inamovilidad y su compromiso con una España grande y libre.

«Naturalmente, en España todo ciudadano tiene derecho a pensar, a expresarse y defender sus ideas con libertad y respeto a los demás. Pero la democracia también requiere unos consensos básicos y amplios sobre los principios que hemos compartido y que nos unen desde hace varias generaciones.»

Como dijo mi compañero Roberto Tornamira en un tweet, lo que el Rey dice es que «la Constitución son lentejas, que no hay más. Que la va a defender ¿cómo jefe de los tres ejércitos?».

Lo que el Rey ha obviado sistemáticamente es que los nacidos a partir de 1961 no pudimos votar esa constitución, y que en 45 años nadie nos ha preguntado.

Ninguna posibilidad de reforma federal, en el marco legal de la monarquía y de la constitución. Con las autonomías tenemos de sobra, y eso sí…llamada al orden:

»Para abordar ese futuro, todas las instituciones del Estado tenemos el deber de conducirnos con la mayor responsabilidad y procurar siempre los intereses generales de todos los españoles con lealtad a la Constitución»

¿Quiere eso decir que el Consejo General del Poder Judicial cumplirá con la renovación que hace 5 años debería haber acometido? ¿o es un toque al gobierno de Pedro Sánchez para que no se meta con los jueces y que no se hable de lawfare?

¿O un aviso de 155 a los presidentes autonómicos que se pasen?

»Debemos respetar también a las demás instituciones en el ejercicio de sus propias competencias y contribuir mutuamente a su fortalecimiento y a su prestigio. Y finalmente debemos velar siempre por el buen nombre, la dignidad y el respeto a nuestro país.»

Por lo demás, ni una sola alusión a los problemas por la que atraviesan los hogares de los españoles. más allá de decir que la Constitución nos protege, y en cuanto al genocidio palestino, más de 20.000 muertos y un millón de desplazados palestinos no han merecido este año nuestro recuerdo y afecto.

Sin novedad en la Casa Real. Si queréis lentejas bien, sino.. también, es lo que hay.

Baltasar Santos
Tribuna Socialista