Nuevo Orden Mundial

Esta expresión se ha escuchado y leído muchas veces a lo largo del siglo XX y de lo que llevamos del siglo XXI. Cada vez que se producen las crisis recurrentes inherentes al sis- tema económico hegemónico, liberal, ya sean económicas, bélicas, o políticas, se considera que la «salida» configura un nuevo equilibrio con nuevas potencias políticas, económicas y militares, y sin embargo las causas de la crisis no se alteran, simplemente aparecen nuevos actores como ocurrirá tras la miserable guerra en Ucrania que repite los mismos crímenes contra la humanidad que anteriores conflictos. No sólo no conseguimos que Naciones Unidas sirva para algo, o que los tribunales internacionales de derechos humanos tengan capacidad de actuar, sino que además se revitalizan organizaciones militares como la OTAN que ni resuelven, ni evitan otros conflictos… nunca lo han hecho, cuando no los provocan.
«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie» (Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa).
Y lo propio ocurre en el ámbito laboral cuando tras una crisis económica, una pandemia y ahora la guerra, se muestra que este modelo neoliberal lejos de enfrentar las causas recurre de nuevo al Estado para resolver los problemas que él mismo crea. Y lo hace pidiendo sacrificios siempre a los mismos, a los trabajadores.
Nunca han sido ni salarios ni condiciones laborales los causantes de alguna crisis, antes bien, al contrario, cuando han mejorado se ha recuperado la economía y su sociedad. Nunca han generado inflación, ni caídas del mercado de va- lores, ni cierre de empresas o sectores… en ninguna época ni país. Y, sin embargo, para los economistas al servicio del liberalismo son el nudo Gordiano, de todo son culpables y con ellos todo se arregla. Este es el gran sofisma de la época contemporánea y la gran mentira que a fuerza de repetirse
aparece como una verdad. Ya han olvidado, o les es indiferente mientras la ciudadanía trague, que fue la red social: servicios públicos y los pensionistas, los que evitaron que en el periodo de crisis económica de 2008 y siguientes años, no hubiese un estallido social en nuestro país.
Lo más curioso es que crisis tras crisis solo se ha producido recuperación del consumo, motor de la economía, con medidas que devuelven a la Negociación Colectiva la capacidad de incrementar salarios y condiciones de trabajo. Capacidad que no puede ser alterada a favor de una de las partes como hizo la reforma laboral del 2012, y sí permita soluciones con garantías de Justicia Social.
En este punto he de decir que en mi opinión son positivos los pactos de rentas, que aunque siempre suponen un esfuerzo mayor para los trabajadores permiten aunar voluntades y repartir esfuerzos para salir mejor de las crisis, obligando a la otra parte a corresponder y a trasladar estos acuerdos a la negociación colectiva, aunque haya ejemplos escandalosos en sentido contrario: ahí tenemos el caso de la banca:
100.000 millones de euros públicos para estabilizarla y su parte del “pacto” ha sido destruir más de 120.000 puestos de trabajo y abocar a la mayoría de la sociedad a la exclusión financiera.
En las democracias avanzadas son los agentes sociales quienes tienen la legitimidad para encauzar esas negociaciones y dar las soluciones; los gobiernos deben respetar su autonomía recordando los nefastos resultados de la legislación laboral de parte, de arriba hacia abajo, y asumir los acuerdos interconfederales, trasladándolos a la labor legislativa desde abajo hacia arriba. Esto es combatir las causas, esta es la esencia de la Democracia en el ámbito laboral


Eduardo Hernández.
Militante socialista. Madrid
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