Señoras y señores, con todos ustedes sus angelicales majestades

Por Martín Lozano

Ni ellos se ponen de acuerdo en la fecha en que se separaron. John dijo que en el 69 y Paul que en el 70, aunque George fue el primero en hacerlo, enero del 69, pero volvió a los cinco días y Rickie no dijo nada. Rickie nunca dice nada, o muy poco. Aunque puede que fuera el más equilibrado del grupo y el que menos problemas tuviera, en aquellos momentos estaba más centrado en su creciente familia junto a Mo, la peluquera, que en el divorcio del grupo más famoso del mundo.

Era el patito feo, el último en llegar para sustituir al batería original, Pete Best, y él los admiraba. Con sus embelesados y tristes ojos se le oye decir: «Estaría horas y horas escuchándole tocar el piano», en referencia a Paul. Subido en su atalaya, con el tiempo que le da su escasa participación, mientras come y bebe ve perfectamente las alianzas, los celos, las envidias, los cuchicheos, las sonrisas que intercambian John y Paul y el efecto demoledor que eso provoca en George, hasta que un viernes Paul dijo: «Ok, paramos para comer» y George contestó: «No creo que vuelva. Abandono el grupo». Y lo hizo. Costó tres largas reuniones y cinco días para que volviera al cuarteto, pero la sentencia estaba escrita, solo faltaba firmarla.

Somos testigos de la soledad de Rickie en su colina de la percusión, pero sobre todo de la de George, un generoso músico con magníficas ideas propias y buenas melodías en los trastes de su guitarra, con unas ganas inmensas de no ser solo un privilegiado testigo del milagro de la creación, casi un músico de sesión. Amargado por sufrir el eterno trato displicente de los genios con los que comparte cuerdas y acordes, que por muchos años que pasen nunca le librarán de ser el pequeño de los tres, el menospreciado George, pese a conocer a Paul desde el insti.

Todo eso frente a un John completamente obnubilado (iba a emplear otro término mucho más grosero) con su nueva relación, una artista vanguardista que llegó a hacer un concierto musical donde los espectadores debían imaginar la música. John y Paul tenían una conexión especial, con solo mirarse sabían de qué estaban hablando, a lo largo de la grabación la complicidad absoluta salta a la vista y al oído. John es el tipo agudo y ácido que le saca punta y se ríe de todo, es la mitad irreverente de aquel dúo de huérfanos barriobajeros que llevaban toda su vida compartiendo riffs, estribillos, cuerdas de guitarra, entre los que de repente, se está empezando a levantar un muro en parte construido por sus dos nuevas novias: Yoko y Linda.

Aunque no aparece, ya que había muerto hacía año y medio, sobre todos sobrevuela el espíritu de Brian Epstein, manager del grupo desde los primeros tiempos y según palabras del propio Paul quien imponía cierta disciplina, aunque contestada con continuos actos de rebeldía por parte de ellos que seguían siendo unos chicos de extrarradio de Liverpool. Él era quien decía: «mañana hay que ponerse traje y las novias no pueden venir a los ensayos», en clara referencia al bulto inmóvil que pasa horas y horas pegado al costado de John, que solo de cuando en cuando pinta unos caracteres japoneses en un mural de papel, o berrea desafinada en el micro de George, cuando se despidió aquel viernes a mediodía. A Epstein le echaban de menos, si hubiera seguido en el grupo, Paul no habría asumido algunas de sus funciones y posiblemente no se hubieran separado. En una de las conversaciones en el intento de arreglo con George, Paul le dice a John: «Todos sabemos que tú eres el jefe», pero es una jefatura ni asumida, ni ejercida.

Todo pasa delante de tus ojos, nota a nota se está grabando una leyenda, el LP ‘Let it Be’ y la preparación del último concierto en directo de The Beatles, que se celebra en la azotea del edificio de Savile Row, cuarenta minutos memorables de grabaciones, con ellos tocando en el cielo de Londres y los bobbies subiendo al tejado, atestado de personas, cámaras, micrófonos, equipos de sonido, rodeados de espectadores en los tejados vecinos. Gentes vestidas de diario, varios jóvenes con trajes de chaqueta y otros con sweater de colores chillones, hay una señora con pantuflas y calcetines, bata y delantal, con una sonrisa de oreja a oreja. Y ellos cantando Get Back’ una y otra vez. Abajo, la gente llenando la calle hasta la esquina con Vigo Street, mirando al cielo. Muchos sonriendo, un viejo chulapo cokney con su parpusa calada y pañuelo al cuello, pero sobre todo chicas con el pelo cardado y el eye liner rasgando su mirada; otros, armados de su bombín y su paraguas en aquella desapacible tarde británica, gruñendo por los disturb que estaban ocasionando aquellos greñudos vociferantes.

Yo, un impúber naufrago en el páramo franquista, cuando me enteré de la apocalíptica noticia apenas la entendí. 50 años después nos llega la serie documental ‘Get Back’ que dirigida y producida por Peter Jackson y con el beneplácito de los dos Beatles vivos y las viudas de los muertos, que han aportado, además de sus bendiciones, materiales inéditos me está ayudando a comprender mucho mejor lo que pasó y porqué pasó.

Para mí Paul era la carita bonita del grupo y el caprichoso mandón que tenía una buena voz y había compuesto la mayoría de las maravillosas canciones del grupo junto a John, del que estaba convencido era el alma de todo. En cambio, se nos muestra un genio en permanente proceso creativo, abatido solo de vez en cuando, vencido por la desidia, la indiferencia, el desinterés de los demás. Es impresionante su dominio de la música en todas sus facetas.

Gracias por todo Maestros. Salud Compañeros.

Epílogo. Lo pusieron ellos hace más de cincuenta años y aún se les recuerda. Por favor, ‘Get Back’.

Epílogo2. Y entre tanto se estrena un nuevo documental sobre la estancia de los Beatles en la India.

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