Enfermar no puede ser un descuento en derechos

La propuesta de la CEOE, del pasado 23 de enero de 2026, de eliminar la cotización a la Seguridad Social durante las bajas médicas no es una medida técnica ni neutra: es una toma de posición ideológica. Una más. Y siempre en la misma dirección: reducir derechos cuando la clase trabajadora deja de ser rentable o suficientemente productiva para el empresario.

Bajo el argumento de aliviar cargas empresariales, la patronal plantea algo profundamente regresivo: que la enfermedad tenga consecuencias colectivas negativas, que el tiempo de baja sea también un tiempo de menor protección social para la persona trabajadora. Como si enfermar fuese una anomalía del sistema productivo y no una realidad humana inevitable, muchas veces vinculada a las propias condiciones de trabajo.

La Seguridad Social no es un gasto superfluo. Es el pilar que sostiene pensiones y prestaciones sociales (incluidas las bajas médicas) y uno de los principales mecanismos de cohesión social. Debilitarla abriendo “excepciones” en las cotizaciones supone erosionar el contrato social y el marco de las relaciones laborales por la puerta de atrás, siempre a costa de los mismos: trabajadores precarios, empleos físicamente exigentes y sectores con peor salud laboral.

El viejo mantra de que rebajar costes crea empleo vuelve a demostrar su falsedad. La precarización no ha generado trabajo digno; ha generado miedo, desigualdad y una clase trabajadora más vulnerable. Eliminar la cotización en las bajas médicas no incentiva la contratación: incentiva la desresponsabilización empresarial y traslada el riesgo al sistema público y al conjunto de la ciudadanía. Lejos de fomentar el empleo, esta medida externaliza el riesgo hacia el sistema público de Seguridad Social. El coste de las bajas (que en muchos casos están relacionadas con enfermedades profesionales, estrés laboral, sobrecarga física o precariedad) pasa a ser asumido colectivamente, mientras las empresas mantienen intactos sus beneficios y reducen sus obligaciones.

Además, se rompe un principio básico del sistema de protección social: la corresponsabilidad entre quienes generan el riesgo y quienes lo financian. Si la empresa deja de cotizar cuando una persona trabajadora enferma, se diluye el vínculo entre organización del trabajo y salud laboral, como si las bajas fuesen fenómenos aleatorios y no, en muchos casos, consecuencias directas del modelo productivo y del puesto de trabajo.

Eliminar la cotización durante las bajas médicas debilita, por tanto, el sistema público de protección social y normaliza la idea de que la enfermedad es un problema individual y no una cuestión colectiva ligada al trabajo. No se crea empleo de calidad; se abarata el incumplimiento de la responsabilidad empresarial y se traslada el coste al conjunto de la sociedad.

Por su parte, el reciente estudio de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) sobre la incapacidad temporal, publicado este mes de febrero, ha puesto el foco en el aumento del gasto y en la necesidad de mejorar la gestión de esta prestación. Sin embargo, abordar este fenómeno exclusivamente desde la óptica del control presupuestario sería un error político y social.

El incremento de las bajas laborales no puede analizarse al margen del contexto: el envejecimiento de la población trabajadora, la precariedad, la intensificación de los ritmos productivos y el preocupante aumento de los problemas de salud mental, entre otros factores. Antes que sospechar de quienes enferman, conviene preguntarse qué está ocurriendo en nuestros centros de trabajo y en un sistema sanitario tensionado, especialmente en la atención primaria.

Desde una perspectiva progresista, la sostenibilidad del sistema no debe enfrentarse a la protección de derechos. Mejorar la coordinación entre administraciones y reforzar el papel del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) puede ser positivo si el objetivo es agilizar procesos y evitar ineficiencias. Pero cualquier reforma debe partir de una premisa clara: la incapacidad temporal no es un privilegio, es un mecanismo de protección social que garantiza que nadie tenga que elegir entre su salud y su salario.

El debate no debería centrarse en endurecer controles, sino en fortalecer la prevención de riesgos laborales, invertir en salud pública y dignificar las condiciones de trabajo. Porque una sociedad que sospecha de quien enferma es una sociedad que ha perdido de vista el valor central del Estado del bienestar: cuidar a su gente.

Una sociedad decente no penaliza la enfermedad ni convierte la salud en una obligación productiva. Defender la cotización durante las bajas médicas no es radicalismo: es defender la dignidad, la solidaridad y la democracia social frente a una lógica que solo entiende de beneficios.

Jesús García Muñoz

Concejal – Portavoz PSOE de Quijorna

Declaraciones del presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, el pasado 26 de enero

Editorial

Ellos provocan la avería y después se ofrecen para la reparación

Hay que mirar la sociedad actual desde un punto de vista global y no local. Esta es una afirmación de la que muy pocos disienten. Del mismo modo, hay que ver los acontecimientos en su conjunto y no por separado.

El año 2021 ha terminado cargado de decisiones políticas y hechos económicos que están relacionados, sin embargo, se nos presentan como si fuesen independientes unos de otros. La reforma laboral no es un departamento estanco sin conexiones con la reforma de pensiones. De la misma manera que la “Ley Mordaza”, que impuso el Gobierno de Rajoy, no fue una decisión política ajena a la imposición de las reformas regresivas de aquel Gobierno: la laboral de 2012 y la de Pensiones de 2013.

Es cierto que la reforma laboral en curso (pues falta el trámite parlamentario), por sí sola, carece de gran calado, aunque se haya presentado como el descubrimiento de América. Es más lo que no se ha tocado que aquello en lo que se avanza: no se recuperan los 45 días por año trabajado en la indemnización por despido improcedente, ni el tope de 42 mensualidades; no se recuperan los salarios de tramitación; no se recupera la autorización administrativa para llevar a cabo un ERE; ni se derogan las causas del despido colectivo u objetivo, se mantiene por tanto la batería de facilidades que se otorgó a las empresas para despedir con 20 días por año trabajado…

Todos estos mecanismos de abaratamiento, tanto de la indemnización por despido como de los salarios mismos, se conectan con el Sistema público de Pensiones, pues la devaluación salarial que se produjo en nuestro país, tras la entrada en vigor de las reformas laborales de 2010 y 2012, son una de las vías de “agua” que vacían la Caja de la Pensiones. Cuando organismos como el FMI instan a los gobiernos a llevar a cabo reformas y abaratar los despidos, son conscientes de que sus recetas en lo laboral son la base sobre las que argumentar que los sistemas públicos de pensiones son insostenibles; ellos generan la avería y se ofrecen para la reparación.

Otro eslabón que une lo laboral con las pensiones es el contrato de Formación. Las bonificaciones(1) a la contratación en este tipo de contrato son tan jugosas para las empresas como perjudiciales para el sistema público de pensiones: del 100% para las empresas con menos de 250 trabajadores y del 75% para la de más de 250 trabajadores. Además, en la reforma laboral de final de año, la edad de los trabajadores y trabajadoras que pueden ser contratados con esta modalidad se amplía de 25 a 29 años.

Del mismo modo que la reforma laboral se nos ha presentado la reforma de la Ley de la Seguridad Social con mucho foco y como un hecho aislado, se nos ofrece por “temporadas” como las teleseries: se ha cerrado el primer capítulo y estamos a la espera de conocer definitivamente los contenidos del segundo, el temido desenlace. Lo más dañino en la reciente reforma de las pensiones es la aparición del factor de revalorización vinculado al IPC medio; un cambio de método matemático que, con un IPC acumulado del 6,5%, garantiza una pérdida de poder adquisitivo de las pensiones de un 4%.

La inflación ha conseguido que tanto salarios como pensiones se devalúen: la media del incremento salarial, fijada en convenio, para 2021, ha sido del 1,47%. Por tanto, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios es del 5,03%.

A este respecto del poder adquisitivo, y retomando nuestra visión global, podemos afirmar que el objetivo del capital en la crisis de 2008, provocada por ellos mismos, y en la crisis sanitaria producida por el COVID-19 tiene en común la devaluación de los salarios. En 2014, un informe de Caixabank titulaba(2): “Caen las rentas del trabajo y aumenta la desigualdad”. En el texto del informe añadían: “el peso de las rentas del capital exhibe una tendencia claramente al alza”. No tenemos por menos que agradecerles la sinceridad. Seis años después, a principios de 2020 y a las puertas de la pandemia, la sección de Economía de “elDiario.es” publicaba un artículo(3) de Marina Estévez, en el que entre otras cosas decía:

La última revisión estadística de las series de Contabilidad Nacional por parte del INE, del pasado diciembre (2019), muestra que las rentas del trabajo y la remuneración de los asalariados han caído más de lo que se estimaba entre 1995 y 2018, y se están empezando a recuperar de mínimos históricos (2017). En paralelo, las del capital se han elevado. El motivo no es otro que el crecimiento de las rentas inmobiliarias, que se han cuadruplicado en ese periodo.”

A punto de cerrar la edición de este número 130 de Tribuna Socialista, ha visto la luz el último informe de OXFAM, “Las desigualdades matan”, en el que se actualizan datos que retratan al sistema económico hegemónico: “La riqueza de los 10 hombres más ricos del mundo se ha duplicado, mientras que los ingresos del 99% de la humanidad se han deteriorado a causa del COVID-19”.

La pérdida de poder adquisitivo en 2021 sumada a la pérdida salarial de más de un millón de trabajadores y trabajadoras que durante meses han sufrido un ERTE, nos permite afirmar que en el Estado español, en el bienio de pandemia, el peso de las rentas del trabajo ha continuado cayendo frente a las rentas del capital.

Esta visión de conjunto es lo que nos hace pensar que los partidos del Gobierno de coalición y los sindicatos que se sientan en las mesas de “Diálogo Social” están dando la espalda a la realidad que se vive y se percibe en la calle, sean más o menos conscientes de ello. Esta percepción es muy peligrosa, pues la decepción sumada al retroceso en las condiciones reales de vida: aumento de la pobreza, precarización, paro de larga duración cronificado… son el caldo de cultivo para el fortalecimiento del pensamiento de la extrema derecha. No podemos entender que, a estas alturas de la legislatura, no se haya derogado aún la “Ley Mordaza”, íntegramente. Legislación que da pie a las brutales actuaciones policiales vividas en Cádiz; durante y después de la huelga del metal del mes de noviembre.

Desde Tribuna Socialista, llamamos a que:

  • deroguen íntegramente las reformas laborales de 2010 y 2012.
  • el Gobierno encargue ya la Auditoría a las cuentas de la Seguridad Social, tal y como se ha comprometido, y reintegre hasta el último céntimo del dinero de las pensiones que nunca debió ser utilizado más que para el pago de las pensiones.
  • en 2022 la media del incremento salarial no baje del 6,5%, con cláusula de revisión respecto al IPC acumulado de diciembre de este año.
  • Se revise la revalorización de las pensiones y se incrementen como mínimo en el 6,5%.

Si las políticas y acuerdos no suponen una solución verdadera a los problemas de la mayoría social, luego no busquen explicaciones pseudo científicas para entender los resultados electorales.

  1. file:///C:/Users/Roberto/Downloads/BR_SS_GUIA_GENERAL_2020.pdf

Ver página 5 de la Guía de bonificaciones.

  1. https://www.caixabankresearch.com/es/economia-y-mercados/mercado-laboral-y-demografia/caen-rentas-del-trabajo-y-aumenta-desigualdad
  2. https://www.eldiario.es/economia/capital-espana-dispararse-ladrillo-calculado_1_1068480.html