La izquierda tiene que encontrar su sitio

No es casualidad el auge de la ultraderecha en el mundo, incluida primera potencia mundial. Vivimos un momento en el que cada cual cree que puede resolver sus problemas por su cuenta, una creencia no siempre bienintencionada. Parece que el mundo ha entrado en desbandada.

Unos argumentan que solos les irá mejor ante la crisis económica, otros que se tienen que proteger de la inmigración, otros que tienen que recuperar su soberanía. Cada uno con sus razones, pero todos proponen la división, la exclusión, etc. Con un común denominador que es la reacción.

La pregunta que cabe hacerse es: ¿por qué se da este fenómeno reaccionario?

Cuando las cosas van mal, todos buscan culpables y soluciones a los problemas inmediatos. Culpables, puede que seamos todos un poco: los corruptores en primer lugar, los corruptos, acto seguido; también, quienes ostentando el poder en las instituciones se han limitado a hacer críticas sin actuar –quizás porque la podredumbre la tenían tan cerca que ya estaban familiarizados con ella-. También la ciudadanía en general, por muchos años de apoliticismo consciente. Y por supuesto, los dirigentes de las organizaciones de la izquierda, partidos y sindicatos, por su inacción y en algún caso por su acción contraria a lo que se esperaba de ellos.

Esta respuesta a la pregunta, no sin ser verdadera, sería la fácil. No hay una sola respuesta. En mi opinión, sin pretender tener todas las claves, la primera respuesta es que esto viene de muy lejos, no ha sido repentino, y hay que enfocarlo desde distintas ópticas interrelacionadas:

el sistema económico imperante ha llegado al límite de sus posibilidades, puede que en unos países concretos aun tenga margen, pero en la mayoría de los casos la situación es insostenible.

Nos contaron que la globalización era una nueva revolución que iba a interconectar a los pueblos, llevado la democracia y el avance económico a todas partes, en una especie de contagio positivo, desde el primer mundo al tercer mundo.

La realidad es otra, lo que se ha extendido es la explotación. La economía se ha mundializado buscando maximizar el beneficio empresarial. Como resultado tenemos el colapso de los mercados; los productos y servicios ya no encuentran consumidores al ritmo que el sistema necesitaría. Ante la caída, o no incremento, del beneficio empresarial se pretende mantener la tasa de beneficio reduciendo los salarios, reduciendo los derechos laborales, obteniendo bonificaciones y reducciones en las cotizaciones sociales, etc.

El agotamiento de los mercados ha llevado al mundo empresarial a buscar atajos, bordeando la ley y en muchas ocasiones trasgrediéndola –es la acción de los corruptores-; esos que junto a políticos predispuestos a corromperse han hipotecado a las administraciones con infraestructuras muchas veces innecesarias, faraónicas, cuyos costes engrosan la insultante deuda pública que condiciona el gasto social. Esto es lo que motivó la reforma constitucional que dio lugar al artículo 135.3, mediante el cual se garantiza el pago de la deuda y sus intereses, subordinando cualquier otro gasto del Estado, en particular los que conforman el Estado de Bienestar: Sanidad, Educación, Pensiones.

Otras formas de generar beneficio rápido han llevado a sectores, como el financiero, a “inventar” productos tóxicos, como por ejemplo las hipotecas subprime, que fueron la aguja que hizo estallar la burbuja inmobiliaria.

No pretendo mencionar ni denunciar todos los movimientos que el mundo empresarial ha hecho en estos años, baste decir que la economía especulativa supera en más de 125 veces el dinero en metálico que circula en el mundo, o que las inversiones especulativas alcanzan el 95% de las inversiones, frente a un 5% de las productivas.

-desde la década de los años 80 del pasado siglo, hemos entrado en una “cultura” de consumo impuesta por los mercados, a través de los medios de comunicación y del sistema educativo de “usar y tirar”, “nada a largo plazo”, concepto que explica muy bien Richard Sennett en “La corrosión del carácter” (Editorial Anagrama), por la que hemos asumido que los productos tienen cada vez menos vida útil y por el cual hemos aceptado que el trabajo no es para siempre. Nos han instalado en la incertidumbre, y lo peor es que no hay respuesta, al menos no ordenada. La repuesta es reaccionaria, lo que sirve de excusa a la minoría beneficiaria de este sistema para proteger sus intereses, refugiándose tras formas autoritarias. Nada nuevo si echamos la vista atrás, para ver cómo se fraguaron los fascismos del siglo pasado.

La izquierda tiene que encontrar su sitio, sin perder los valores que identifican lo colectivo frente a lo individual, la solidaridad frente a la caridad, compartir frente a la acumulación, en definitiva el reparto de la riqueza de forma estructural y no por coyunturas.

La socialdemocracia tuvo sentido cuando el sistema generaba riqueza, pero ahora la destruye y la poca que genera se reparte de forma tan injusta que genera desigualdad a raudales. Demasiados años acompañando al sistema han institucionalizado a las organizaciones de la izquierda y a sus direcciones. No es un problema único en España, es un problema internacional, por ello la solución ha de ser internacional.

Ha y visos para la esperanza y la ilusión en la rebeldía que la militancia del PSOE está demostrando, los hay en el movimiento que el en Partido Laborista británico ha llevado a Jeremi Corbyn al liderazgo del Partido. Son demostraciones de que la parte más consciente, los militantes activos de los partidos, incluso ciudadanos no afiliados a los partidos, se suman y animan estos movimientos de respuesta.

Han sido también fogonazos de respuesta la experiencia de Siryza en Grecia o la conformación de un Gobierno de izquierdas en Portugal. Si bien es cierto que la reacción de los organismos internacionales del capital, como el FMI, el BCE y la Comisión Europea (la troyka, aunque el mote haya pasado de moda), han actuado con contundencia con el chantaje sobre la exigencia de la deuda externa y la negación a cualquier forma autónoma de gestionar la economía.

Nada indica que desde el mundo de la economía oficial lleguen soluciones a esta situación. Por ello, hay que recuperar los valores de la izquierda, el internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos de la misma clase social, la trabajadora.

 

Roberto Tornamira

Afiliado al Partido Socialista de Madrid-PSOE

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Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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