Andalucía, año cero

Me duele en el alma lo que está sucediendo en Andalucía. Me produce temor el estado de cosas surgido a raíz del resultado de las últimas elecciones andaluzas por la llegada al gobierno autonómico del tripartito de la derecha. A decir verdad, todos ellos han sido en su conjunto hasta ahora el cuerpo nutriente de la derecha hispana hegemónica, la representada por el Partido Popular, hoy desgranada en tres partes. Por tanto, no debiera preocupar tanto a los ciudadanos demócratas en Andalucía como en el resto de España la existencia de un gobierno conservador –con tendencia de manera natural a poner en práctica políticas reaccionarias y antisociales–, aunque sí inquiete la aparición de una fuerza política antisistema y neofascista como Vox, sino las constantes cesiones en aspectos fundamentales de un Estado de derecho como consecuencia de exigencias y coacciones en la acción política entre cada uno de dichos componentes del tripartito derechista en su permanente puesta en escena para hacerse valer.

Es de temer la nueva situación si se echa mano de eslóganes, soflamas y pretensiones que no se escuchaban desde hace décadas en nuestro país. En este sentido, sí han marcado una línea muy definida, casi a la par ante los acuerdos suscritos, tanto el PP como Vox, yéndoles a la zaga pero no demasiado lejos Ciudadanos, que ha jugado el papel de rémora; es decir, lo que hace este pez voraz que se alimenta de despojos al adherirse a otros vertebrados para ahorrar esfuerzo. Es de suponer que estas alianzas y apoyos tengan su correspondiente coste electoral a no tardar.

Existen variados factores que han contribuido a este reciente y no tan sorprendente escenario producido en Andalucía –sería prudente decir de momento–. No sólo ha acaecido el trance por la permanencia del PSOE al frente de la Junta de Andalucía a lo largo de casi cuatro décadas, ni siquiera los ERE’s han sido la causa, o el hecho de que dos presidentes y otros dirigentes del Ejecutivo socialista estén procesados, sino la dejación y el abandono paulatino de los principios socialdemócratas y la pérdida del respeto hacia los más vulnerables constituye la raíz del quebranto electoral, que se concreta en el menoscabo de dos millones de votos en los últimos diez años. Y aquí, una responsabilidad indiscutible la tiene indudablemente el Gobierno de Susana Díaz y ella misma, a la que cabe preguntar qué ha hecho –o mejor, qué no ha hecho– para que dejaran de votar más de cuatrocientos mil de sus electores.

El esfuerzo que dedicó Susana Díaz en fracturar el Partido Socialista debiera haberlo dedicado a defender la historia del socialismo en Andalucía y los beneficios que las políticas de sus gobiernos han supuesto para la propia Comunidad Autónoma y para el conjunto de España. Sin embargo, estaba más dispuesta a ser cabeza de león como un fin sin reparar en los medios. Los andaluces no olvidan que por mucho que se envolviera en la enseña blanquiverde, ella pretendía otras tribunas y otros altares, y fracasó en el intento, dejando platos rotos por todos los sitios. En ésas se ha estado mientras desde los despachos y salones del palacio de San Telmo no se estaban apreciando suficientemente bien las necesidades de los ciudadanos, confiados sus titulares en que la inercia del clientelismo y la autosuficiente sensación de ser dueños de la Casa bastaban para seguir unas cuantas décadas más. No vale, por tanto, echar las culpas al empedrado. Hay que dejar las banderas y las banderías en otro lugar; en todo caso, porque ellos, los que han asaltado el poder, siempre tienen más banderas y más grandes. Por eso lo más conveniente, si se respetan como se debe las siglas y la historia del Partido Socialista Obrero Español, es hacer el petate y fortalecer el Partido en la base y desde la humildad. Es la única forma para que en las próximas citas electorales, ya tan cerca, aquellos ciudadanos y ciudadanas que se quedaron en casa reconsideren su abstención.

Fernando Ruíz Cerrato

Afiliado en la agrupación de PSOE-Madrid Fuencarral.

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Acerca de Baltasar Santos

Licenciado en Psicología, post grado en mediación, y máster en psicología forense. Curioso y en constante aprendizaje. Me encanta impartir clases, las TIC, pero sobretodo soy un apasionado de las personas. y disfruto aplicando psicología y formación para el desarrollo de personas y organizaciones.
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