Una reflexión sobre el mes de julio en Colmenar Viejo.


1937: ardiendo en el infierno del bombardeo de noche

2026: entre charangas y batucadas

Por Fernando Colmenarejo García

Cuánto me alegra el carnaval de verano en Colmenar Viejo, uno de los pocos que se celebran en el país durante dicha época estival. La fiesta cuenta con el patrocinio y una amplia difusión de la Concejalía de Festejos. Me alegra, digo, porque contribuye a incrementar la diversión y la convivencia de los colmenareños, jóvenes y mayores, aliviando así sus preocupaciones, además de atraer a numerosos visitantes del entorno madrileño.

Sin embargo, esta coincidencia del carnaval en el mes de julio con un hecho histórico de gran trascendencia, me suscita una reflexión inevitable. Apenas unos días separan la celebración festiva de una de las tragedias más dramáticas de la historia reciente de Colmenar Viejo: el bombardeo que tuvo lugar durante la noche del 21 de julio de 1937. Pese a la gravedad de aquellos hechos, el Ayuntamiento continúa guardando un llamativo silencio. Así, mientras dedica recursos y atención para incluir el carnaval en su ciclo festivo, sigue sin encontrar un espacio para recordar oficialmente a quienes perdieron la vida en una de las jornadas, insisto, más trágica de la historia del municipio.

Aquel ataque que tuvo lugar durante la guerra civil española, un ensayo más de la guerra desde el aire contra la población civil, además de las bajas militares provocó la muerte de Brígida Aparicio Colmenarejo, Eulogia Aparicio Colmenarejo, Ignacia Cid Colmenarejo, Benita Paredes Rodríguez, Lucía Colmenarejo Sanz, Teresa Colmenarejo Morales, Eusebio Jusdado Rodríguez, Eusebio de la Morena Almendariz, Isabel de la Morena Marivela, Demetria del Valle Azuara y Juan Vallejo Martín.

Bomba incendiaria de fabricación alemana, modelo “BIPE”. Con el impacto, la espoleta iniciaba una cantidad de explosivo, que a su vez daba lugar a la sustancia incendiaria, la termita. Se trata de la misma bomba utilizaba en el bombardeo de otras localidades, como en Guernica, según pudo reconocer el periodista británico, George Steer. (Cortesía de Ernesto Viñas)

El bombardeo de Colmenar Viejo tuvo un profundo impacto en la prensa de la época, que reflejó con intensidad el sufrimiento de la población civil y las consecuencias de la guerra. Grandes fotoperiodistas como Díaz Casariego, Albero y Segovia o Luis Torrents documentaron la devastación con imágenes que se convirtieron en un valioso testimonio histórico. A ello se suman las punturas y dibujos de artistas como Antonio Rodríguez Luna y Luis Quintanilla Isasi, cuyas obras, conservadas en los fondos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, ofrecen una mirada profundamente humana sobre la tragedia.

Estas creaciones, junto con los testimonios de quienes vivieron el bombardeo en primera persona, trascienden su valor en un ejercicio de memoria colectiva. Su contemplación invita necesariamente a la reflexión sobre el coste humano de los conflictos armados, la importancia de preservar la memoria histórica y la necesidad de trabajar por una sociedad comprometida con la paz y la defensa de los valores democráticos.

“Aquella noche bajaba con una vecina dando un paseo, y cuando nos encontrábamos por la calle del Real, oímos unas cosas que no habíamos oído nunca: las alarmas. Vi bengalas que tiraban los aviones. Y claro, pues corre que te corre, con un pánico que eso no se puede saber hasta que no se pasa… Fuimos a parar al Pozo Escalo… Por ahí, aquella noche bombardearon donde veían tantos juncos… no sé si los del avión se creían que era gente, y bajaban y ametrallaban… allí murió gente también… pasamos una noche morrocotuda”.

Angelita Aparicio de la Fuente

“Estábamos espigando con mi padre en la fuente de Las Zarzas, y desde allí lo vimos perfectamente. Vimos el disparate que estaban haciendo. Eso era matar y quemar a la gente”.

Lorenzo García García

Mi padre, que estaba en la era, vio que el pueblo estaba en llamas, y se vino corriendo a buscarnos… Nos fuimos a la cueva de una casa que estaba en la esquina de la calle Amargura, y ahí nos metimos los “Pelayos”, los “Cachejas”, todos; pero había agua y teníamos que estar en unos tablones”.

Victorina Nogales Corral

“Durante el bombardeo de noche, salimos corriendo a dar con un peñote en una colada. Tiraban con las bengalas, y se veía como si fiera de día. Recuerdo que arrojaban bombas, y con las ametralladoras no paraban de tirar a la gente que corría. Mi madre dijo: <¡Anda, me he dejado al niño en la cuna!>, y salió corriendo para casa.

Juan Sanz López

En definitiva, no se trata de enfrentar la fiesta con la memoria, sino de demostrar que una comunidad madura es capaz de honrar a sus víctimas sin renunciar a la alegría. La memoria de las víctimas civiles nos recuerda que ninguna guerra tiene vencedores cuando la población inocente paga el precio más alto. Que el silencio nunca vuelva a ocultar sus nombres.

El “Destierro” de Marcelo. Castigado por denunciar la mala alimentación

«Marcelo es residente en Colmenar Viejo. Recientemente ha sobrevivido a 25 días de huelga de hambre para pedir comida digna en la Residencia en la que habita. Hoy, la Comunidad de Madrid responde con un expediente de traslado forzoso a Collado Villalba. No es un caso aislado; es un patrón de castigo.»

Soy hija de una de las 7.291 víctimas que la gestión de Isabel Díaz Ayuso dejó atrás durante la pandemia.

Conozco bien el dolor del silencio institucional, pero lo que está ocurriendo hoy en la residencia pública de Colmenar Viejo es un paso más en la crueldad: el uso del traslado forzoso como castigo.

En enero, Marcelo, un residente de dicho centro, me contactó desesperado. Llevaba diez días en huelga de hambre. ¿Su petición? Algo tan básico como comer dignamente. Las fotografías que me envió hablaban por sí solas: patatas y frutas podridas, pescados que daban mal olor, ultra procesados constantes y raciones que apenas calman el hambre. Un maltrato nutricional en toda regla.

A pesar de que mi denuncia ante la Fiscalía de Alcobendas y el Defensor del Pueblo provocó que estas instituciones se personaran y levantaran acta de la situación, la respuesta del Gerente del AMAS fue el desprecio, intentando tildar de mentiroso a un hombre que estaba poniendo en riesgo su vida por su dignidad. Marcelo abandonó la huelga a los 25 días por salud y por consejo de quienes le queremos, creyendo que su voz había sido escuchada.

Sin embargo, la “justicia” de la Comunidad de Madrid ha llegado en marzo en forma de expediente sancionador. El castigo para Marcelo no es una mejora en su menú, sino el destierro: una orden para deslocalizar a Marcelo forzosamente a una residencia en Collado Villalba, lejos de su entorno y sus apoyos.

Este no es un caso aislado. En pocas semanas hemos asistido a tres “expulsiones” similares en Madrid: un residente en el centro Colisée Vallecas, quien denunció la situación tras quejarse de la calidad del servicio, otra residencia vinculó la expulsión a la actuación del hijo de la residente, quien repartió hojas informativas entre otros familiares para denunciar deficiencias en el centro y animar a reclamar, y ahora Marcelo. Es un patrón claro de represalias. En la Comunidad de Madrid, si denuncias el maltrato, te eliminan del mapa.

Como sociedad, no podemos permitir que las residencias sean agujeros negros de derechos, sean públicas o privadas, pero máxime sin pertenecen a la Administración. Un residente no es un preso ni un objeto a merced de la gestión pública-privada; es un ciudadano con pleno derecho a denunciar una atención deficiente sin miedo a ser represaliado.

El deterioro del modelo de cuidados es una herida abierta en nuestra democracia. Necesitamos una gestión 100% pública y de calidad donde la voz del residente sea protegida, no castigada. Seguiremos luchando para que el traslado-castigo de Marcelo no se produzca. Porque si nos callan a uno, nos silencian a todos.

M.ª Mercedes Huertas Aguilera

Activista por la dignidad en las residencias