Rusia: las armas de los débiles

La principal amenaza para Putin no procede de la oposición abierta, sino del sabotaje y la deserción

Por Aleksei Sakhnin1

«Evidentemente, no soy el primero en decírtelo. Pero está claro que algo está pasando en Rusia. Se nota en el ambiente. Caminas por la calle, coges el metro, te paras a tomar un café… y en todas partes oyes lo mismo». Este es el mensaje que me envió recientemente un camarada de Rusia. Este tipo de estados de ánimo son difíciles de medir mediante encuestas. Pero a menudo captan el inicio de los cambios con mayor precisión que los institutos de opinión.

El punto débil del régimen de Putin no está donde lo busca la prensa dominante occidental. No es ni la oposición liberal, ni las intrigas en la cúpula dirigente. La fisura ha aparecido más abajo: se manifiesta en el rechazo masivo, a menudo silencioso, de la sociedad a servir a la guerra.

Desde 2024, en el Kremlin estaban convencidos de que el triunfo en Ucrania era inevitable. Moscú había resistido las sanciones, dominaba en el frente y en la industria militar, disponía de una ventaja en recursos y parecía tener el tiempo de su parte. La coalición occidental se fragmentaba, Donald Trump manifestaba su voluntad de acercamiento al Kremlin, mientras que Ucrania carecía de dinero, armas y hombres.

Pero en la primavera de 2026, la expectativa de la victoria dio paso bruscamente al presentimiento de una crisis inminente.

LA ECONOMÍA ASFIXIADA POR LA GUERRA

Según las cifras oficiales, el déficit del presupuesto federal para el primer trimestre de 2026 alcanzó los 4,6 billones de rublos (unos 46 000 millones de euros, nota del editor), mientras que el plan anual preveía 3,7 billones. Es más que el total de las reservas de divisas líquidas restantes, cuando el año apenas acaba de empezar. Al mismo tiempo, el propio Vladímir Putin ha reconocido que la economía se ha contraído un 1,8% desde principios de año. El «milagro militar-keynesiano» de tres años, que había sostenido el crecimiento de 2023 a 2024, llega a su fin. A pesar de ello, el Estado sigue aumentando el gasto militar. La economía se ajusta cada vez más a una vieja fórmula: cañones en lugar de mantequilla.

Desde enero —por segunda vez desde el inicio de la guerra— se ha subido el IVA. Las tarifas de los servicios públicos se incrementarán dos veces en 2026. El Banco Central mantiene un tipo de interés de referencia prohibitivo: hace que el crédito sea casi inaccesible para las pequeñas y medianas empresas, pero sostiene un rublo fuerte, indispensable para comprar los componentes importados, sobre todo chinos, de los que depende la industria militar. La maquinaria bélica recibe los recursos a costa de asfixiar la economía civil.

Resultado: un número récord de quiebras y cierres de pequeñas empresas. Los trabajadores así liberados se dirigen hacia donde aún subsisten el dinero y los salarios estables: las empresas del complejo militar-industrial, financiadas directamente con cargo al presupuesto. El Estado está desviando, literalmente, los recursos humanos y financieros del consumo hacia la guerra. El catastrófico déficit presupuestario ha obligado al Gobierno a aplicar recortes. Se está reduciendo la plantilla de las administraciones, las escuelas y los hospitales. Los proyectos de construcción, infraestructuras y urbanismo se han ido al traste. Esto priva de ingresos no solo a los trabajadores, sino también a miles de funcionarios, subcontratistas, directores y empresarios dependientes del Estado. El descontento crece incluso entre las capas leales.

EL ESPECTRO DE 1917

El líder de los comunistas del sistema (del Partido Comunista de la Federación Rusa, nota del editor) ya ha advertido del peligro de una nueva revolución comparable a la de 1917. «¡No tenemos derecho a repetir eso!», ha declarado. Los ciudadanos y las pequeñas empresas intentan escapar de la presión fiscal entrando en la economía sumergida. En respuesta, el Estado endurece el control de las transferencias, limita las operaciones con criptomonedas y refuerza las sanciones por fraude fiscal. Independientemente de la eficacia real de estas medidas, amplían los poderes de las fuerzas de seguridad en el ámbito económico.

El régimen sigue una lógica simple: todo para el frente, todo para la victoria. Pero el mantenimiento de la maquinaria militar debilita su propia base social. Y en el frente también se acumulan los problemas.

El ritmo de la ofensiva rusa, que se mantenía desde hacía dos años y medio, se ha ralentizado considerablemente desde enero de 2026. En febrero, el ejército ucraniano liberó, por primera vez desde 2023, más territorio del que había perdido. Las bajas rusas, a juzgar por las publicaciones de los blogueros belicistas, aumentan. Se ha asestado un duro golpe con la desactivación, a petición de Ucrania, de los terminales rusos Starlink. Al mismo tiempo, Kiev ha reforzado sus posiciones en el ámbito de los drones con la ayuda de sus aliados europeos. La ampliación de la «zona muerta» en profundidad detrás del frente ha incrementado las bajas rusas y reducido sensiblemente la importancia de su ventaja numérica.

DECENAS DE MILES DE DESERTORES

Agotados por una guerra interminable, los soldados desertan cada vez más a menudo: simplemente no regresan de los permisos o del hospital. Investigadores independientes estiman

el número de desertores y de insumisos en al menos entre 100 000 y 120 000 en cuatro años de guerra, de los cuales más de la mitad solo en el último año. Todo indica que la dinámica sigue acelerándose: a finales de abril, las autoridades clasificaron las estadísticas judiciales relativas a los delitos militares.

Al mismo tiempo, el ejército compensa cada vez peor sus pérdidas. Según las estimaciones de Janis Kluge, basadas en los gastos de los presupuestos regionales destinados a las primas por la firma de contratos, el número de nuevos reclutas se ha reducido en aproximadamente un 20% durante los primeros meses de 2026. Es probable que los efectivos del ejército hayan comenzado a disminuir por primera vez desde el inicio de la guerra.

Hasta ahora, el Kremlin resolvía estos problemas mediante mecanismos de mercado: aumentaba las primas pagadas a la firma. Esto funcionaba para los habitantes de las regiones pobres

Pero la creciente crisis presupuestaria ya no permite reclutar indefinidamente a nuevos soldados. El poder recurre cada vez más a la coacción. Las administraciones regionales obligan a los directores de empresa —a veces bajo amenaza de acciones penales— a reclutar a sus asalariados para el frente. Las universidades convierten el alistamiento de los estudiantes en una prioridad central.

Pero la coacción no siempre funciona.

En una grabación filtrada en Internet en Buriatia, un responsable local reprocha a los directores de empresa que no cumplan las cuotas de envío de hombres al ejército. Estos responden: «No podemos obligarlos. Nadie quiere ir». Cuando exige a los empresarios que sean ellos mismos quienes vayan a combatir, le responden: «¿Y por qué no va usted?»

CONTROL DE INTERNET

En esta escena se concentra la esencia del problema del régimen. Formalmente, el poder ejecutivo es todopoderoso. En realidad, sus órdenes quedan cada vez más en el aire.

La falta de hombres y de material, las elevadas bajas, el flujo ininterrumpido de declaraciones mentirosas de los responsables militares y la desaparición de toda confianza en la victoria irritan no solo a los soldados y a los oficiales, sino también al influyente círculo de blogueros belicistas, corresponsales militares y activistas ultranacionalistas. Hasta hace poco, constituían un instrumento central de la movilización patriótica y militarista. Ahora, critican cada vez más abiertamente al poder. Por primera vez en años, algunos incluso se refieren al presidente en términos negativos. Cerca de un millón de soldados descontentos encuentran así una representación pública a través de estos ultranacionalistas cada vez más furiosos. El Kremlin ya vio adónde podía llevar esto en 2023, durante el motín de Yevgueni Prigozhin, que puso al régimen de Putin al borde del abismo. Por eso las autoridades han decidido reforzar brutalmente el control de Internet.

En primer lugar, las autoridades intentaron bloquear Telegram, la principal plataforma de comunicación del país, utilizada por los militares, las familias de los movilizados, los funcionarios, los empresarios y millones de usuarios comunes. El Kremlin esperaba empujar a esta audiencia hacia la aplicación de mensajería «nacional» Max, totalmente transparente para los servicios de seguridad.

En lugar de eso, decenas de millones de rusos descargaron VPN y siguieron utilizando Telegram. La regulación de Internet se confió entonces al Servicio de Protección del Orden Constitucional, una rama del FSB encargada de la lucha contra la disidencia. Las consecuencias no se hicieron esperar: en marzo, en numerosas regiones, incluida Moscú, el internet móvil simplemente se cortó.

Las aplicaciones bancarias dejaron de funcionar con normalidad, al igual que los taxis, los servicios de reparto y muchos servicios en línea. Millones de personas ya no podían ponerse en contacto con sus seres queridos. Miles de pequeñas empresas perdieron su volumen de negocio. Los bloqueos afectaron a la economía y perturbaron incluso el funcionamiento cotidiano de las estructuras del Estado. El descontento se generalizó. De enero a marzo, el número de búsquedas relacionadas con la emigración casi se cuadruplicó. Incluso figuras consideradas leales comenzaron a criticar al poder. El intento de sofocar el descontento no hizo más que ampliar su base social.

Muchos politólogos liberales vieron en estos escándalos los signos de una fractura en el seno de las élites. Pero la fuente de la crisis se encuentra probablemente más abajo: no en la cúspide, sino en la propia sociedad. James C. Scott, al estudiar a los campesinos malayos, demostró que cuando la gente no tiene la fuerza para rebelarse abiertamente, resiste de otra manera. Aceptan de palabra, pero sabotean con los hechos. Alargan las cosas, mienten a los superiores, ocultan recursos, fingen obediencia, eluden el control, desertan. Todo ello constituye las «armas de los débiles».

Es precisamente esto lo que se está haciendo cada vez más visible en Rusia.

LA RESISTENCIA PASIVA HACE QUE LAS ÓRDENES SEAN INAPLICABLES

Los soldados no regresan de permiso. Los obreros se niegan a enrolarse, incluso por mucho dinero y bajo presión. Los empresarios eluden las exigencias de movilización. Los funcionarios locales maquillan las cifras y envían a las altas esferas informes tranquilizadores. Los oficiales ocultan las pérdidas reales y la falta de efectivos.

La resistencia pasiva procedente de las bases hace que las órdenes resulten inaplicables. Una epidemia de sabotaje y evasión asciende entonces por la pirámide social, piso tras piso. Las clases de abajo transmiten sus «armas de los débiles» a quienes se encuentran por encima de ellas. El propio aparato del Estado se transforma poco a poco en una máquina de sabotaje.

Putin aún tiene la capacidad de encarcelar a tal o cual funcionario, oficial o empresario. Pero no tiene nada con qué sustituir a todo este sistema. La escalada de la violencia también conlleva sus riesgos: a la larga, puede transformar a los desertores en insurgentes y a los saboteadores en revolucionarios.

Paradójicamente, la confrontación exterior sigue siendo una de las principales fuentes de estabilidad del régimen. Es la guerra —presentada como una lucha en la que lo que está en juego es la derrota total del enemigo— la que cimenta el sistema político y mantiene a una parte importante de la población en la lealtad.

Los rusos recuerdan bien el precio social que se pagó por la derrota en la Guerra Fría. El triunfo geopolítico de Occidente se tradujo, para la mayoría de los antiguos ciudadanos soviéticos, en desindustrialización, pobreza, delincuencia y desigualdades. Tampoco trajo la democracia: las reformas impopulares se impusieron mediante métodos autoritarios. Con el pleno apoyo de los dirigentes occidentales, el presidente Boris Yeltsin ordenó que los tanques dispararan contra el Parlamento en 1993, amañó las decisivas elecciones de 1996 y luego cedió el poder a Vladimir Putin, sentando las bases del sistema actual. El miedo a revivir esa catástrofe sigue impidiendo hoy en día que millones de personas protesten abiertamente.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS GOBIERNOS EUROPEOS

Si el punto débil del régimen reside en las personas que no quieren ni luchar ni obedecer, entonces una estrategia internacional racional debería precisamente profundizar esa fisura.

El golpe más duro asestado al régimen de Putin sería una oferta clara de paz, basada en la autodeterminación de los pueblos, en garantías de seguridad y en el rechazo tanto de la lógica de los bloques militares como de la hegemonía imperial. Una iniciativa de este tipo minaría la legitimidad interna de la guerra.

Pero, en lugar de eso, los gobiernos europeos se embarcan ellos mismos en una militarización acelerada. En lugar de apoyar a los desertores rusos, los países de la UE se preparan para imponerles una prohibición formal de entrada. Es difícil imaginar una medida más eficaz para apoyar la maquinaria bélica de Putin. Deriva directamente de la lógica de la escalada y de la estrategia de victoria en el campo de batalla: cada soldado enemigo debe ser considerado no como un aliado potencial de la paz, sino como un enemigo existencial al que hay que aplastar y castigar.

1 Aleksei Sakhnin es un militante ruso contra la guerra, miembro de la red «La Paz desde abajo» y participante en la campaña internacional contra la guerra (mitines internacionales en París, el 5 de octubre de 2025, y en Londres, el próximo 20 de junio).

Se cumplen tres años de guerra en Ucrania


Declaración de la Asociación Trabajo y Democracia “ASTRADE”

No se trata de celebrar ni rememorar. Nuestra intención es la de volver a tomar posición sobre una guerra que fue impuesta, por los mismos que ahora pretenden imponer la paz a Ucrania, incluso sin contar con ella, y cobrándole a un alto precio la ayuda recibida y haciendo negocio también con la reconstrucción.

En nuestra participación en el Comité para la Alianza de Trabajadores y Pueblos (CATP), venimos compartiendo el rechazo a esta guerra bajo el lema “Ni Putin ni OTAN”. En estos tres años nos hemos sumado a manifiestos contrarios a la guerra en general y a esta en concreto, hemos participado en actos y, en Tribuna Socialista, se han publicado editoriales y artículos argumentando nuestra posición. En los debates públicos y en los comentarios en redes hemos escuchado cosas como que teníamos una posición de equidistancia. No somos equidistantes. Nos situamos con el pueblo ruso y el pueblo ucraniano que rechazan esta guerra. Nos oponemos a tomar partido por la oligarquía rusa que defiende Putin o por los intereses de las multinacionales de la energía que defienden Trump, Zelensky y la Comisión Europea.

Suponemos que hoy, viendo la jugada de los USA y la salida que quiere darle al conflicto, es más fácil entender que no es lo mismo equidistancia ante una situación de guerra que el rechazo a unos y otros.

También hemos recibido opiniones de quienes tomaban partido: unos, en pro de Putin, manteniendo que es continuador de la Revolución de 1917 y, por ende, que poco menos que pretende reconstituir la URSS. Otros en contra, con un argumento similar, que Putin representa el neo comunismo y que quiere invadir Europa y que Ucrania es un primer paso.

“Ni Putin ni OTAN” significa que no asumimos la propaganda, ni de unos ni de otros; conscientes de que la primera víctima de la guerra es la verdad.

Se acaba de cumplir un mes de la toma de posesión de Trump como presidente de los Estados Unidos. Treinta días en los que la ola de exabruptos y provocaciones pretende establecer una ceguera colectiva, de hecho, para eso es la polvareda. Sin embargo, hay cosas que se ven claras, a poco que nos fijemos. Una es que Trump es continuador de las administraciones estadounidenses que le han precedido. Veamos.

Trump no es el iniciador en la presión a los países miembros de la OTAN para que incrementen sus presupuestos en Defensa. Fue Obama, en abril de 2016, en una reunión que mantuvo con Ángela Merkel, en Hannover (Alemania), previa y preparatoria de la cumbre de la OTAN de aquel año, cuando fijó el objetivo de destinar el 2% del PIB para gastos militares. Con esto no pretendemos blanquear a Trump ni ofender a Obama, sencillamente queremos establecer que esto es una estrategia del aparato de Estado de los USA, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.

Esto sería lo de menos, pues cada nación tiene el derecho, o debería tenerlo, a organizar sus presupuestos como mejor convenga a las necesidades y prioridades de su pueblo. La cuestión que nos debemos plantear es ¿por qué Estados Unidos propone esto?, al margen de que Obama y Biden lo proponían con palabras educadas y Trump lo exige con chantajes incluidos.

No obstante, no podemos dejar pasar que elevar del 2 al 3% la partida en Defensa significa para el Estado español destinar 48.000 millones de euros a gastos militares, y que de hacer caso al incremento del 5% que propone el actual Secretario General de la OTAN, portavoceando los deseos de Trump, sería destinar 80.000 millones de euros cada año. Dinero que habría que restar de los ya de por sí recortados presupuestos de Sanidad, Educación, Pensiones y Dependencia.

Para no quedarnos en meras opiniones, establezcamos algunos datos que nos pueden ayudar a entenderlo:

En junio de 2007 del Real Instituto El Cano, informaba que las importaciones de gas ruso de los países de Europa, variaba entre el 15% y el 50%:

– Un 15%: Bélgica, Irlanda, Luxemburgo, Holanda, Portugal, España, Suecia, Suiza y Gran Bretaña.

– Entre un 20 y un 40%: Francia (23,5%), Italia (31,7%) y Alemania (40,3%).

– Más de un 50%: Austria, la República Checa, Grecia, Hungría, Polonia, Rumania, Eslovenia y Turquía.

En agosto de 2016, el Observatorio Económico del BBVA para los Estados Unidos, emitía un informe de “Análisis Sectorial”, en el que decía:

Esta situación está provocando que los exportadores estadounidenses diversifiquen y busquen más allá de los mercados asiáticos. En este contexto, Europa se ve como una alternativa viable, dado el tamaño de su mercado, interés en la diversificación y su relativamente bien distribuido sistema de terminales de importación. En 2014, el gas natural suministró 21% del total de las necesidades energéticas de los 28 países de la UE. Cerca del 66% del consumo interno tuvo que importarse y ocho países europeos importaron el 100% del gas consumido. Asimismo, existían 23 terminales de importación en el continente con una capacidad de procesamiento de 7.1 Tcf. Estas terminales operan con una capacidad muy baja (25% en 2014), lo que sugiere que existe margen para absorber el GNL estadounidense”.

A cierre de 2023, la situación ya se había dado la vuelta. Las compras de gas ruso de los países europeos, en los dos primeros años del conflicto cayeron al 8%, en promedio. Mientras que las importaciones de Gas Natural Licuado (GNL) desde Estados Unidos pasaron del 18,9% de 2021 al 56,2% de 2023 (Fuente: Comisión Europea a partir de ENTSO-G y Refinitiv). -a pesar de ser extraído por la técnica del “Fraking”, recordemos el “drill baby, drill” de Trump- triplicándose en estos últimos tres años. A esto hay que añadir que el gas estadounidense se ha comprado un 40% más caro que el gas ruso, siendo en buena medida lo que inició la ola inflacionaria que ha afectado a todos los países del continente europeo desde el inicio de las hostilidades, lo que por ha provocado la grave crisis que sufre la industria alemana, con repercusiones en toda Europa.

Más allá de lo que nos cuentan las partes interesadas, lo que es evidente es que la confrontación por el suministro de GNL y petróleo a Europa viene planificándose desde hace años. Las tremendas inversiones de los EE.UU., en las infraestructuras portuarias que hacen posible el transporte de Gas licuado a Europa no se han hecho en dos días. Y parece obvio que a Putin y a los oligarcas que él protege, lo que les preocupa es la pérdida de ese mercado, y no tanto la apropiación de territorio ucraniano.

Desde que comenzó el conflicto, la UE ha facilitado más de 134.000 millones de euros a Ucrania https://www.consilium.europa.eu/es/policies/eu-solidarity-ukraine/#economic Estados Unidos por su parte, por las cifras que aportó Zelensky el 19 de febrero, ha aportado unos 66.000 millones de dólares en ayuda militar. Las cifras de gasto en GNL que dan las webs de los principales operadores, dicen que EE.UU., facturó unos 44.000 millones de euros a la UE en 2024. Es decir, que en tan solo un ejercicio y medio la Administración estadounidense ha amortizado su “inversión”.

Estos son los datos de los negocios, al servicio de los cuales está la política. El problema es que, como dijo Clausewitz: “La guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de las relaciones políticas, una gestión de las mismas por otros medios”.

El problema para la humanidad y para la democracia es que la guerra, y por tanto esta política, tiene consecuencias nefastas para los pueblos y las personas que los componemos: Se habla de un millón de muertos entre ambos bandos, algún día sobremos las cifras concretas. A ello hay que sumar los millones de desplazados de sus hogares, dentro y fuera del territorio en conflicto. Y no podemos olvidar que esta guerra ha desatado una guerra social, a base de especulación de precios, que está empobreciendo a las sociedades europeas. Además de la desestabilización política que sufren países como Alemania, sin duda, producto de toda esta situación.

Los datos ayudan a entender el shock que ha supuesto para las instituciones europeas que Trump pretenda dar carpetazo a la Guerra, dejando fuera a quien acató las órdenes de los USA, dictadas a través de la OTAN,; a los gobiernos europeos que se han mostrado sumisos al imperialismo estadounidense y han colaborado alimentando la guerra. Y por supuesto se entiende el disloque que sufre Zelensky, al que se le pretende imponer una paz leonina.

Para Putin, la propuesta de Trump es una salida a una guerra que se le está atragantando; consigue territorio, aunque no fuese su prioridad, salva, de momento, que la OTAN se asume a su frontera oeste, y se frota las manos con la guerra arancelaria que abre Trump.

Lo único positivo de la situación actual es la posibilidad cierta de que acabe la guerra y con ello que se ponga fin a la barbarie que está desangrando a la juventud rusa y ucraniana.

Nos reafirmamos:

“Ni Putin ni OTAN”, “Ni Trump ni Putin”,

“No a la Guerra”.

La Junta Directiva
24 de febrero de 2025

Primer año de Guerra

El 24 de febrero de 2022 es una fecha que pasará a la historia. Es el aniversario de la invasión de Ucrania, por parte del ejército de Putin. El balance en vidas es pura barbarie: 200.000 soldados muertos, 100.000 por cada bando, 40.000 civiles ucranianos, según datos del general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de EE.UU., dados el 10 de noviembre de 2022 a la BBC. Un país, Ucrania, está siendo destruido y casi 8 millones de ucranianos han tenido que huir de su país.

No quiero limitarme a describir las cifras del desastre. En este artículo quiero intentar entender por qué, unos y otros, parecen decididos a mantener esta locura en el tiempo. Decir que esta guerra es una guerra contra los pueblos es una expresión que se puede cuantificar; en las cifras de muertos ya señaladas y con los datos económicos que ya conocemos del pasado año. Veamos algunos de ellos:

Las multinacionales de los combustibles: BP (británica), ExxonMobil (estadounidense), Shell (británica constituida en Países Bajos), Chevron (estadounidense). Solo estas cuatro multinacionales, suman más de 150.000 millones de dólares de beneficio en 2022, año de guerra. Unos beneficios récord y exorbitantes.

El oligopolio de las cinco grandes compañías de la energía en España: Iberdrola, Repsol, Endesa, Naturgy y Cepsa, han obtenido 13.300 millones de euros, un incremento promedio del 49% de beneficio neto, más que en 2021.

Son los sectores de la energía y los combustibles los que iniciaron la espiral inflacionaria que recorre Europa. Unos incrementos de precios que, a la vista de los descomunales beneficios, no corresponden a las necesidades de la producción sino a la avaricia por el beneficio y el reparto de dividendos, a esa competencia absurda (salvo para la lógica del mercado) por la capitalización de las empresas.

La ola inflacionaria provocada por los grandes del gas, el petróleo, etc., ha sido la excusa para que otros sectores, como la banca, también se sumen a la fiesta de los beneficios récord. El oligopolio financiero conformado por: Santander, BBVA, Caixabank, Sabadell, Bankinter y Unicaja, han ganado 20.850 millones de euros, un 28%, en promedio, más que en el ejercicio anterior.

Si el sector energético se está beneficiando de la guerra a corto plazo, el del armamento lo está haciendo en el corto, medio y largo plazo. Solo la industria del armamento estadounidense, ha experimentado un crecimiento del 49% en sus beneficios en 2022, al obtener 52.000 millones de dólares. La llamada a la compra de munición a las presiones a seguir abasteciendo al ejército de Zelensky hacen pronosticar pingües beneficios para los próximos años.

En la otra cara de la moneda está el empobrecimiento de las familias trabajadoras, en todos los países de Europa. El IPC medio en España se ha cerrado para 2022 en el 8,5%, pero el IPC de los alimentos y las bebidas no alcohólicas, lo que llamamos normalmente «la cesta de la compra», ha alcanzado el 15,7%.

Frente al incremento de los precios, la subida salarial media en nuestro país ha sido del 3,24% (eso, para los 880 convenios colectivos registrados en 2022 y los 2204 que se firmaron en años anteriores con incrementos previstos para 2022). Esto afecta a unos 9 millones de trabajadores y trabajadoras, por tanto, hay otros 8,4 millones de asalariados por cuenta ajena que no han tenido incremento salarial, subida 0.

Hasta junio no sabremos la variación del índice del riesgo de pobreza y exclusión social. En 2021, el 27,8%, es decir 13,1 millones de personas en España, estaba en riesgo de pobreza y exclusión social. La pérdida brutal de poder adquisitivo presagia un incremento de este nefasto índice.

Estas son solo algunas cifras, positivas para la minoría y negativas para la gran mayoría, de lo que es la guerra y para qué es la guerra.

Ya sabemos que Putin no es demócrata. Los ciudadanos rusos lo saben bien; no pueden posicionarse contra la guerra, ello les puede costar la cárcel, como poco. A pesar del perfil antidemocrático y, si se quiere, criminal de Putin, no es verosímil decir que esta guerra se libra en nombre de la libertad y la democracia; no si quien lo dice mantiene relaciones y apoya a países como Israel, que tiene sometido a más de medio millón de personas en Gaza, y que, desde 1948, ha expulsado a más de 7 millones de palestinos (1,2 viven en campos de refugiados en Líbano, Jordania…). O con Arabía Saudí, donde la libertad es, solo, cosa de hombres. O, si quien lo dice es quién organiza y/o participa en un mundial de fútbol en Qatar, Estado-manantial de corrupción, véase el «Qatargate» en el Parlamento Europeo y se muestra insensible ante los miles de trabajadores muertos en la construcción de los estadios -según el diario “The Guardian” (29nov22), al menos 6.500 muertos-, en una absoluta indiferencia por la vida humana.

Esta es una contienda de intereses entre los oligarcas rusos protegidos por Putin, los descendientes de los sepultureros de la Revolución de octubre de 1917, esos que se apropiaron de los sectores estructurales del Estado que la revolución proletaria había colectivizado. Y por otra parte las multinacionales para quienes la OTAN, según el periodista de investigación Seymour Hersh (Premio Pulitzer en 1970 por su cobertura de la masacre de My Lai, en la guerra de Vietnam) ha reventado los gaseoductos que suministraban gas a Alemania y a otros países de Europa (Nord Stream 1 y 2), llevaron a cabo un sabotaje que ha posibilitado que los USA hayan aumentado sus exportaciones de gas natural licuado (GNL) en un 137%, en los 10 primeros meses de 2022.

Esta dinámica de guerra es una irresponsabilidad de consecuencias históricas, y nada apunta a que vaya a parar. El Senado de los USA ha aprobado el mayor presupuesto militar de su historia, 858.000 millones de dólares. Putin por su parte ha decidido que el presupuesto para la guerra será ilimitado. Una de las derivadas en Europa es la presión para que los gobiernos envíen tanques, aviones de combate y que multipliquen la fabricación y compra de munición.

No tengo porqué tomar partido por una de las partes de esta contienda. Por eso, en favor del pueblo ucraniano, para que pare la destrucción y la muerte; en favor del pueblo ruso, para que dejen de llegar ataúdes con hijos, padres y hermanos, y en favor de todos los pueblos de Europa, contra quienes, de un modo u otro, se libra esta guerra, digo

¡Alto a la guerra!

Roberto Tornamira Sánchez
Miembro de la Coordinadora estatal del CATP

Los pueblos de Europa toman las calles para gritar ¡Alto a la guerra!

El pasado viernes se cumplió un año desde el inicio de la invasión rusa en Ucrania. 1 año que ha destruído la vida de millones de ucranianos, y que también ha trastocado la vida de millones de rusos, y de europeos.

Mientras los líderes Zelensky, Putin, Biden y los jefes de Estado de los países de la Unión Europea no cejan en animar el conflicto bélico y mientras la escalada bélica pone en riesgo la seguridad nuclear del mundo entero, centenares de miles de personas toman las calles en toda Europa para exigir el alto el fuego.

En Madrid y Barcelona: «Ni Putin ni OTAN»

En el caso de Madrid, distintas organizaciones se han congregado para reclamar el fin de la guerra, bajo la premisa «ni Putin ni OTAN». En la marcha por la paz se ha condenado «los presupuestos guerreristas» del Gobierno y el envío de los tanques Leopard a Ucrania, También en Madrid, unas cincuenta personas de nacionalidad rusa se han concentrado en la plaza de España para protestar contra la invasión “cruel e injusta” por parte de Rusia a Ucrania, expresar su apoyo al pueblo ucraniano, y manifestar su rechazo al presidente ruso, Vladímir Putin, a quien acusan de ser “un criminal de guerra”.

Los ciudadanos, pertenecientes a la comunidad de rusos en Madrid que se oponen a la guerra de Ucrania, han mostrado pancartas con lemas como ‘rusos contra la guerra’, ‘stop Putin’, ‘esta es la guerra de Putin’ o ‘victoria para Ucrania, libertad para Rusia’.

En Barcelona: Unas 1.200 personas se han concentrado en la plaza de Sant Jaume bajo el lema «Ucrania. Por un alto el fuego inmediato». En el acto, los actores Enric Majó y Pepa Arenós leyeron un manifiesto conjunto en el que se pide «el regreso a la mesa de negociación y la prohibición de todas las armas nucleares».

El viernes 24 de febrero se convocaron concentraciones en todos los ayuntamientos para exigir el Alto a la guerra.

Concentración en el ayuntamiento del Vendrell para exigir el Alto a la guerra

Berlín: Más de 50.000 personas se manifiestan contra la guerra

La convocatoria original de la dirigente del parti- do La Izquierda Sahra Wagenknecht y la activis- ta por los derechos de las mujeres Alice Schwarzer han reunido a más de 50000 manifestantes contra la guerra, En su discurso, Wagenknecht ha reiterado la necesidad de que cese el suministro de armas a Ucrania y haya negociaciones. Se trata de «poner fin al terrible sufrimiento y la muerte en Ucrania» y hacer a Rusia una oferta de negociación «en lugar de munición para una interminable guerra de desgaste con más y más armas nuevas».

Bruselas y París

Las concentraciones fueron igualmente multitudinarias en Bélgica, donde la protesta, fue convocada por la organización Promote Ukraine, la Asociación de Mujeres Ucranianas en Bélgica y la Red Europea de Solidaridad con Ucrania, se enmarca en la semana de acciones internacionales contra la guerra y exigió la «retirada inmediata de las tropas rusas de todos los territorios ucranianos», así como «el freno incondicional de los bombardeos».

En París cientos de personas, han salido a la calle con banderas ucranianas y pancartas, en las que se podían leer mensajes como «Parar a Putin».

Baltasar Santos
Miembro del Comité de Redacción de TS

Fragmentos de la entrevista a Ségolène Royal, sobre la guerra de Ucrania

Fragmentos, publicados en Informations Ouvrières (n.º 723, del 15 al 21 de septiembre de 2022), de la entrevista a Ségolène Royal, sobre la guerra de Ucrania, por Ruth Elkrief, emitida en la cadena de televisión francesa LCI el 6 de septiembre.

Ségolène Royal, miembro del Partido Socialista francés, fue ministra de Ecología en el gobierno de Pierre Bérégovoy, entre 1992 y 1993. También Ministra Delegada a la Educación Escolar (1997-2000) y luego a la Familia, Infancia y Personas Discapacitadas (2000-2002) en el gobierno de Lionel Jospin. En 2004 ganó la presidencia de la región de Poitou-Charentes, el bastión del entonces primer ministro Jean-Pierre Raffarin.

Fue elegida la candidata oficial del Partido Socialista para las elecciones presidenciales de Francia de 2007, elecciones que finalmente perdió en segunda vuelta ante el candidato derechista Nicolás Sarkozy.

Ségolène Royal: “Creo que no debemos ir a ciegas hacia el desastre. Nosotros, nuestra generación tenemos la responsabilidad de dejar a nuestros hijos y a las futuras generaciones una Europa en paz y un planeta reparado. No tenemos derecho a permanecer inertes ante este conflicto y debemos exigir que comiencen las negociaciones de paz.

Ucrania está siendo atacada, eso es obvio. He tenido la oportunidad de repetirlo. Pero cuando pregun­tas por las razones por las que no hay proceso de paz, por qué Europa no pide a los protagonistas que se sienten alrededor de una mesa, es porque estamos asustados por lo que está pasando. Es muy importante, nunca he negado los bombardeos, todos los días hay muertes y por eso tiene que parar esta guerra.

La guerra es siempre un fracaso de la política. La guerra es siempre la victoria de las fuerzas del mal. La guerra no puede resolverse con más armamento. La guerra se resuelve mediante la negociación, la discusión y creo que todas nuestras fuerzas políticas deben orientarse hacia la búsqueda de la negociación con Ucrania sin premisas, porque el pueblo ucraniano es también el que más sufre y anhela la paz.

¿Qué pueblo no aspiraría hoy a la paz?

Ruth Elkrief: Ya sabes que los muniqueses, en 1938 decían: paz, paz.

Es todo lo contrario. El acuerdo de Múnich se basó en abandonar a los Sudetes. Hubo una cobardía horrible. Hoy sucede al revés, los que no quieren la paz son los cobardes, en cierto modo, porque hay muchos intereses económicos en esta guerra. Muchos participan ganando mucho dinero en esta guerra y en particular todos los que especulan con el precio de las materias primas, que están debilitando a los países más pobres. Porque lo que está ocurriendo con las materias primas es una especulación desvergonzada. Así, los que replican son fuerzas económicas que no quieren que la guerra se detenga. Pero yo apuesto positivamente porque todos los responsables políticos, incluso los que hoy están en guerra entre sí, quieren la paz. Y si no apostamos por ella, la paz no llegará.

R.E. En 1938, algunos dijeron que no vieron nada, que no vieron el avance de Hitler, y que ahora estaría pasando lo mismo mismo con Putin.

Pero 1938 fue la consecuencia de la guerra de 1914. Y cuando Jaurès pidió la paz, fue asesinado porque molestaba. La forma en que se cerró la guerra de 1914 provocó el ascenso de Hitler. Por tanto, ¿vale la pena detener la guerra? ¡Si no hubiera tenido lugar la guerra del 14, no habríamos tenido el ascenso de nazismo, no habríamos tenido el Holocausto, ni la Segunda Guerra Mundial!

R.E. En cuanto a las sanciones, Salvini, Le Pen, incluso Jean-Luc Mélenchon, coinciden en estar en contra, con diferencias, porque las sanciones son duras, deben ser detenidas. ¿Cuál es tu posición?

Mi posición es que las sanciones no son tan efectivas como nos hubiera gustado. No han conseguido llevar al gobierno ruso a la mesa de negociación. En segundo lugar, observamos hoy que el dólar sube y el euro baja. Mientras estamos hablando, cada minuto que pasa enriquece a las empresas norteamericanas y empobrece a las europeas, porque pagamos para comprar energía, que se paga en dólares. La degradación y el retroceso del nivel de vida de los europeos puede ir muy, muy rápido. ¿Qué queremos dejar a nuestros hijos? ¿Una Europa en que el nivel de vida haya bajado un 40% y en que todos los servicios públicos hayan sido destruidos? Porque en un momento dado el dinero que se da para armar a Ucrania, el dinero que se está dando a esta guerra es dinero de menos que va a los servicios públicos, como la educación. ¡Esto es lo que la gente ve! Y la gente ya no quiere seguir aceptándolo. Además, hay manifestaciones por la paz.